lunes, 11 de agosto de 2014

Barnehagegården



     Querido Matías:

     Esta mañana has empezado en la guardería y ayer por la noche empezaste a caminar. Puede que tú, cuando lees estas páginas virtuales, no le des mucha importancia a este hecho. Pero yo sí. Justo antes de verte aparecer por la puerta sin puerta del salón, haciendo equilibrios con tus pequeñas piernas y sin nada alrededor que te sirviera para apoyar las manos; yo estaba pensando en que lo más probable era que, imitando a los demás bebés, algo mayores que tú; empezases a caminar en la guardería. Concretamente estaba pensando que un día llegaría a recogerte y alguna de las cuidadoras me diría, en noruego, que ya habías empezado a caminar. Concretamente estaba pensando que me alegraría y que también me daría un poco de rabia haberme perdido esos primeros pasos. Y estando con estos pensamientos concretos, vi aparecer por sorpresa tus piececitos haciendo equilibrios por la puerta sin puerta del salón. Qué grande, chiquitín.

     La foto que viene a continuación la hemos tomado esta misma mañana. Estás sobre el suelo de la cocina, preparado para tu primer día de guardería. Con los pies bien firmes en el suelo, preparado para repetir esos cuatro pasitos vacilantes que tan felices nos hacen a mamá y mí.




     Antes de salir de casa el día estaba lluvioso, pero, poco antes de subirte al coche, el cielo se ha despejado el tiempo justo para que a la llegada a la guardería te pudiese hacer un par de fotos. En la guardería tienen lo tienen todo listo para tu llegada. Tu nombre, Matías sin h y con acento en la í, está perfectamente escrito en los lugares en los que tenemos que dejar tu cosas: pañales, ropa de lluvia, botas de agua..., tienen también un globo amarillo de cartulina con tu nombre y la fecha de tu cumpleaños.




     Ahora que me fijo en el globo, veo que te han puesto el acento en la otra dirección. Detalle sin importancia.
     Hoy hemos llegado a las 10.00. Los demás niños de tu grupo "HØNEPØNE" ya estaban allí. Al principio te has asombrado un poco al ver tantos niños de tu estatura en una misma habitación. Mamá y yo te hemos dejado en el suelo y, después de señalar en todas direcciones, has gateado hasta la estantería de los juguetes. Una de las cuidadoras, aquí las llaman "tias", sin acento, se ha hecho cargo de ti. Mamá y yo hemos dado un paso atrás y hemos visto como jugabas con los juguetes y como, poco a poco, te ibas acercando a los demás niños. Las coletas de una niñita rubia, unos meses mayor que tú, han sido una tentación a la que no has podido resistirte. Dos veces se las has tironeado. Mamá y yo nos hemos mirado sabiendo los dos que algo así podía pasar. Tanta novedad, tantos niños. (A la vuelta las cuidadoras nos han asegurado que no ha habido ningún incidente más y que te has portado muy bien).

     Al poco rato has empezado a aburrirte y has decidido cruzar, gateando, dos habitaciones hasta llegar a la cocina. Allí había niños de tres años que intentaban armar un carril de madera para unos cochecitos también de madera. Tu llegada a la mesa ha hecho imposible su misión. Mientras tú les ibas tirando los coches al suelo, la cuidadora nos ha preguntado por la comida que te gusta. Mamá y yo hemos vuelto a mirarnos sabiendo los dos que el asunto de la comida va a ser un poco difícil. Después de enterarnos de cuáles van a ser tus rutinas y de la ropa que sí o sí tenemos que comprarte, mamá y yo te hemos dado un beso y te hemos dicho "hade". Tú nos has sonreído y has seguido tirando al suelo los coches de los niños de tres años.

     Para que te voy a negar que mamá y yo además de mirarnos varias veces en el corto camino de la puerta al coche, nos hemos ido con un poco de preocupación, y deseando que superes las tentación de la perturbadora coleta rubia y que la paciencia de los niños de tres años sea infinita. Sentados en el coche, mamá y yo nos miramos y los dos sabemos que no vas a comer ni dormir.
     Mamá y yo hemos pasado una hora y media en Aurskog tomando un café y un bocadillo, haciendo tiempo para regresar a buscarte. En este primer día sólo te hemos dejado solo una hora y media.

     A la vuelta te hemos encontrado en el mismo sitio que te dejamos. Estás en la cocina con dos cuidadoras. El resto de "HØNEPØNE" están durmiendo y los niños de tres años están jugando en el patio. Verte allí, jugando entre las cocinitas de juguete nos confirma algo que mamá y yo ya sabíamos: no has dormido. Una de las cuidadoras nos confirma otra cosa que mamá y yo también sabíamos: no has comido nada.  Tampoco has llorado, no ha habido más incidentes que tengan que ver con el pelo de otro niño y te alegras de vernos. Nos sonríes y rápido y directo le reclamas a mamá tu comida con un perfecto "MAM".

     Mamá y yo nos reímos y respiramos tranquilos de que toda haya ido bien en tu primer día de guardería.




     Este primer año sólo irás dos días a la semana a la guardería. De momento puedo hacer compatible mi trabajo y cuidarte. Mi deseo es que no sea sólo este año, yo quiero que, hasta que empieces el colegio, sólo tengas que ir a la guardería un par de veces a la semana. Pronto aprenderás que los adultos tenemos que trabajar para conseguir dinero, y que el dinero sirve para comprar cosas. Ojalá que en los próximos años las cosas sigan como van y el trabajo que tengo sea el justo y necesario para poder darte casi todas mis mañanas, para poder comprar el mayor tiempo posible junto a ti. Mamá tiene un trabajo fijo, y gracias a eso yo puedo ser freelance y trabajar a mi ritmo, o al tuyo. No me importa grabar cientos de obras de teatro, cientos de vídeos para youtube, cientos de bodas; no me importa madrugar los sábados y domingos, y trasnochar alguna noche si así puedes pasar más tiempo jugando conmigo en el salón de casa que al cuidado de otros brazos.

     Mamá y yo sabemos que es necesario que vayas a la guardería, sabemos que te hará bien el contacto con otros niños, también el contacto con otros adultos. Pero igual nos da, después de algo de trece meses en los que siempre estuvo a tu lado uno de los dos, algo de vértigo saber que con este primer día de guardería ha empezado una parte de tu vida de la que no seremos espectadores, una parte de tu vida que queremos nos vayas contando día a día para así no perdernos nada.

     Esta última foto es un recuerdo de este primer día, un recuerdo de las habitaciones que desde hoy has empezado a hacer tuyas, habitaciones que estos años serán tan importantes para ti y de las que el tiempo borrará casi todos los recuerdos que no conservemos en papel, haz de luz o letra.
   
   


    Feliz primer día de guardería, querido Matías.




domingo, 10 de agosto de 2014

La condesa descalza



     Hoy es un domingo perezoso. Mucho trabajo pendiente y pocas ganas de trabajar. Qué fácil es culpar al destino cuando el perezoso, hoy, soy yo. En mi descargo tengo la boda de ayer. Después de seis años vuelvo a grabar una boda. Había olvidado que, desde el paseo hasta el altar de los todavía novios hasta la fiesta de los ya casados, las horas, muchas, pasan muy lentamente para los no invitados.

     Los domingos, y si son perezosos como éste con más motivo, son días de películas clásicas. Hoy me apetecía mucho ver La condesa descalza.




     Estamos preparando un viaje a Barcelona para mediados de octubre. El motivo principal del viaje es familiar. Hace ya más de medio año que no veo a la familia de mi hermana. La idea, después de pasar unos días en Barcelona, era volver a viajar a nuestro Sur. Motivos presupuestarios desaconsejan ese viaje de Catalunya a Andalucía.

     Buscando cosas por hacer y nuevos lugares que visitar, me acordé de Tossa de Mar. De inmediato me vino a la cabeza la imagen de Ava Gardner en Tossa. No fui capaz de recrear la imagen nítida de alguna secuencia en Tossa, pero el perfil de la playa con la fortaleza al fondo estaba claro en mi mente.

     En mis años de juventud era un fiel oyente del programa de radio Polvo de Estrellas. Ocupaba un espacio en la madrugada, justo después del programa deportivo de José María García, y lo conducía Carlos Pumares. El señor Pumares hablaba del cine con pasión y hacía gala de una memoria cinéfila descomunal. Adornaba además, el señor Pumares, su fantástico programa, por el  que era felicitado con efusividad en el inicio de casi todas las llamadas que recibía; con un puntito de ironía y mala leche contra aquellos oyentes que tuvieran la desgracia de hacerle una pregunta estúpida.
     Cada madrugada eran muchas las llamadas que, tras la felicitación de rigor y el reconocimiento en muchas ocasiones de ser la primera vez que el temerario oyente se atrevía a llamar; describían la secuencia de una película olvidada, esperando que el gran Carlos Pumares acertase con el título de la película que tanto le había gustado al oyente, pero que como la vio de pasada o hace tantísimo tiempo, había olvidado el título por completo.
     Decía Carlos Pumares, en más de una ocasión, que casi todos somos capaces de recordar el final de una película que nos ha gustado; pero que muy pocos son los que pueden recordar la secuencia inicial de esa misma película. Mi caso es singular en este sentido pues, muchas veces, olvido también el final.

     De La condesa descalza, sin embargo recordaba perfectamente la primera secuencia: lluvia en el entierro de María Vargas, un puñado de paraguas negros y al fondo Bogart con una gabardina marrón mojándose y empezando a contar en off la historia de María.
     Vuelvo a disfrutar viendo la película. Me sorprenden los diálogos de las primeras secuencias. Son brillantes. No recordaba los cambios de punto de vista en la narración en off. Poco a poco va llegando otra de las secuencias que más me impresionaron cuando vi la película por primera vez. Es la secuencia que viene después de la boda de María. Ella, el conde, su primer amor, el amor de su vida y un desgraciado secreto de guerra que nubla por completo la noche de bodas. Pero, y Tossa?
     Hasta mitad de película no había caído en la cuenta de todavía no había aparecido el poderoso perfil de la fortaleza de Tossa. Conforme van pasando los minutos empiezo a inquietarme y a desconfiar de mi memoria. Con las últimas secuencias ya tengo clarísimo que Tossa no está en está en esta película que, tan bien, creía recordar.

     Antes de empezar a buscar la filmografía de Ava Gardner en busca de un rodaje en Tossa, recuerdo algo curioso que me pasó antes de empezar a ver la película. Bajando por la lista de títulos apreté el play en La caja de Pandora. Empezó una película en blanco y negro dirigida por Pabst. Después de un momento de desconcierto la paré y seguí bajando por la lista hasta llegar a La condesa descalza. No sabía cómo había confundido los dos títulos. En realidad mi subconsciente había asociado mejor que mi memoria. La película de Ava Gardner en Tossa que yo, tan bien, creía recordar, es Pandora y el holandés errante.

     En cualquier caso me alegré de que este fallo de memoria, poco alarmante, me diese la oportunidad de volver a ver y disfrutar de La condesa descalza.
     La secuencia que dejo a continuación es, para mí, la peor de la película, pero es la única que he encontrado. Al principio, en el bar de Madrid, no vemos bailar a María, sólo vemos sus manos y la reacción del público. La secuencia es magnífica. No entiendo cómo Mankiewicz, no encontró una forma mejor para filmar este inclasificable intento de baile de Ava Gardner.



                                   


     Si alguno de los familiares y amigos íntimos que lean este capítulo ha visto y recuerda La condesa descalza, no duden en darme su opinión.



jueves, 7 de agosto de 2014

A puerta fría






 
     Un par de meses antes de las vacaciones, aprovechado una siesta mañanera de Matías, vi esta película solo. Un par de semanas después de haber vuelto de las vacaciones, aprovechando las últimas noches sin rutinas de Matías, la he vuelto a ver junto a Nathaly. Mi idea era que Erik también la viera. Me hubiera que gustado que viera ésta y otras muchas películas que cuentan trozos de una vida que seguramente él no todavía no sospecha que existe. Pensaba decirle que la viera con nosotros, incluso le comenté a Nathaly que la peli que quería ver por la noche era buena para Erik. Conforme fue pasando la tarde cambié de idea. Erik, pleno de juventud, seguro que no está interesado en ver este espejo de una realidad que todavía no conoce.

     Me encantó cuando la vi por primera vez y me ha vuelta a encantar en este segundo visionado. Nathaly, menos cinéfila que yo y experta en anticiparse y pinchar malos guiones, está, por esta vez, de acuerdo con mi opinión.

     La película es realmente extraordinaria, llena de pequeños matices que apuntalan la realidad que nos narra. Es dura, filuda, es un retrato de perdedores y de aspirantes a perdedores. Es una película de actores, de maravillosos actores que hacen creíbles los papeles que interpretan. Es una película de guión, de un guión que bebe de la vida cotidiana en todas sus frases.

     Salva, el protagonista (maravilloso como casi siempre Antonio Dechent) se lamenta al final de la película: "Qué es lo que ha cambiao, que yo no me he enterao". Salva podría ser el padre de alguno de mis compañeros de EGB, el padre de alguno de los amigos del barrio,  hombres que trabajaban de comercial, que eran muy buenos en lo suyo, que conocían a la perfección el arte de camelarse al cliente, hombres que no dudaban en poner horas y horas, copas y copas, putas si hacía falta, por llevar a cabo una buena venta. Hombres que con el tiempo quedaron obsoletos porque el comercio, las ventas, las cifras, los beneficios, al final no entienden de lealtad; porque en los negocios no hay amigos. Hombres a los que el cambio les pilló confiados en una falsa seguridad ganada cliente a cliente, trato a trato, copa a copa; el cambio les pilló desprevenidos y no se enteraron del final de la partida. Al final, el poderoso, el capital, es el único que puede permitirse un órdago, sabedor de que sus cartas están marcadas porque es suya la baraja.

     Decía que es una película realmente extraordinaria y que lo es por sus matices, por sus personajes, por sus diálogos. Es una película de los actores, del guión, pero sobre todo es una película de director.
     Xavi Puebla, director de A puerta fría, y yo compartimos, con unos años de diferencia, escuela y profesor estrella. Cuando yo empecé mis estudios de cine en Barcelona, él estaba en el último año o, tal vez, ya había terminado. Coincidíamos en los pasillos y en los cine forum de las madrugadas de viernes. Formaba parte del grupo de alumnos de último curso o ex alumnos que iban a realizar o habían realizado un corto en 35mm. Los alumnos de primer curso mirábamos a aquel grupo con una mezcla de admiración y envidia. En aquel grupo de alumnos o ex alumnos aventajados había más de uno que parecía caminar sobre las aguas y estar predestinado a reinventar el lenguaje cinematográfico; no era el caso de Xavi Puebla.
     Cuando yo era todavía un alumno dirigí la fotografía de un documental dirigido por el director de la escuela. Por ese motivo, imagino, dejé de ser invisible. Coincidí con Xavi Puebla en los pasillos y, alguna vez, en el despacho de la jefa de estudios. Siempre reconocí en él a un tipo normal, un tipo humilde ilusionado por hacer películas.

     A mi profesor, que también lo fue de Xavi Puebla, le gustaba decir que todo, todo, absolutamente todas las ideas que hay en una película, todo el mérito, todos los aciertos son del director, porque en última instancia es éste quien, venga la idea de donde venga, tiene la última palabra. Imagino que Xavi Puebla también recordará esta frase de mi, su, nuestro profesor estrella. No sé que pensará él, yo no comparto, como no comparto otras muchas opiniones que se formularon como dogma absoluto, esta forma de entender el papel de director en una película. Pero viendo A puerta fría sí que pienso que esta película es de Xavi Puebla y que sólo él podía haberla hecho de esta manera. Seguro que dentro de la película hay ideas de la gente que trabajó en ella, seguro que los actores aportaron matices al guión; pero la esencia de la película, su estilo, lo que la define como una obra única es la firma de Xavi Puebla. Y esa firma, esa forma de contar, esa forma de entender y querer a tus personajes, esa forma de conducirlos por una historia que es tuya y esa necesidad de contarla; todo eso es algo que, pienso, no se puede ni enseñar ni aprender.
     He sido alumno y he sido profesor, Xavi Puebla ha sido alumno y todavía es profesor. No sé si tendrá una opinión parecida a la mía. Será difícil que en el futuro nos crucemos por los pasillos de una escuela y si nos cruzáramos en una calle de Barcelona probablemente él no reconociera a otro ex alumno que entró en la escuela cuando él estaba en el último año o, quizá, cuando él ya había terminado. Pero en el caso de que coincidiéramos y me reconociera me gustaría decirle: coño, qué buena, qué buenísima que has hecho, qué buena es A puerta fría.

 
 

                            


     Si alguno de los familiares y amigos íntimos que visitan este cuaderno virtual lee este capítulo y ha visto esta película, me encantaría que compartiesen conmigo su opinión.



martes, 5 de agosto de 2014

Luces errantes.


   
     Querido Matías: hoy cumples 13 meses. Para no liarnos con tanto número a partir de hoy lo escribiré así: 1.1. El primer número son los años y el segundo los meses que tienes. En este primer mes después de tu primer cumpleaños hemos regresado a casa, y casa, ya sabes que ahora y por mucho tiempo será Bjørkelangen. Eso sí, te has traído en la piel casi todo el Sol de Andalucía.
     En este mes has empezado a dar tus primeros cuatro pasos solito. Lo de cuatro pasos es literal, ese es el número exacto de pasos que has dado. El lugar que elegiste para ésta, tu primera gran hazaña, fue la farmacia de mamá. Desde los brazos de mamá hasta los míos, que te esperaban, diste tus primeros cuatro pasos solito. De nuestras manos, las de mamá, las de Erik, las de Kevin y las mías, has caminado por la arena de la playa, por el césped del jardín, por las calles de Córdoba y por nuestro suelo de madera de pino; antes de dar estos primeros cuatro pasos en solitario por las losas de la farmacia de mamá.
     Además de cuatro pasos, ya tienes cuatro dientes: los dos de abajo que ya conocíamos y dos nuevos arriba.



     Mamá ha vuelto al trabajo en la farmacia y yo tengo todavía tres meses de medio permiso de paternidad. Estos días mamá intenta que te vayas a dormir un poco antes. Estamos intentando que tengas algunas rutinas. (Cuando seas adulto, algún día te confesaré que eso de la rutina suele ser algo negativo, pero ahora que eres un bebé de un año y un mes, parece que lo de las rutinas es algo necesario).
     Mamá se va al trabajo y yo espero en la cama hasta que tú te despiertas. Como yo suelo despertar bastante temprano, a veces, mientras miro cómo duermes tú, me vuelvo a quedar dormido. En esas ocasiones eres tú quién me despierta a mí, dándome un golpecito o diciéndome "hei". Aunque hemos trasladado la cuna que hasta ahora no has usado a nuestro dormitorio, sigues durmiendo con nosotros. Cuando despiertas te gusta intentar coger todo lo que yo tengo en la mesita de noche y encaramarte al cabezal de la cama. Después de jugar un rato en la cama,  bajamos a la cocina y tú pides miguitas del pan con mantequilla que yo como. Jugamos un rato en la alfombra, te cambio el pañal y te doy un biberón de leche. Cada vez tengo que luchar más contigo para ponerte en tu carrito, sólo consigo que te quedes tranquilo abriendo la puerta para que estés seguro de que vamos a salir a pasear. Hay días, los que has madrugado un poco, que te quedas dormido de inmediato. Entonces doy media vuelta y te  dejo dormir a mi lado mientras yo escribo o trabajo un poco en algún vídeo. Pero la mayoría de los días el paseo dura hasta la farmacia. Mientras duermes, yo tomo un café y leo un rato. Cuando despiertas mamá hace una pausa en su trabajo y te da de comer. Cuando has terminado le damos ciento y una vueltas a nuestro diminuto centro comercial. Cada día que pasa te gusta más llamar la atención de la gente que pasa a nuestro lado. Ya conoces perfectamente a Liv Toril que trabaja en el Vinmonopolet y tiene un perro que se llama Tommy. Antes de volver a casa, otra de de las cosas que te encanta es que te suba en el carrito de la compra y que nos paseemos por el REMA.

     En casa tenemos que esperar un par de horas hasta que mamá llega. Si están los hermanos te cuidan ellos y así yo puedo trabajar un rato en el ordenador o en el jardín. Si estamos solos, jugamos, cantamos, bailamos... La foto de abajo es de hoy mismo. Has pasado un buen rato tocando el xilófono como si fuese una batería. Te pones muy contento cuando ves llegar a mamá. En ese momento te relajas y sueles quedarte dormido mientras comes.

     Este mes 1.1 es el primero en el que tengo que comentarte un par de cositas que a mamá y a mí no nos gustan. Te encanta morder. Bien porque estás muy feliz, bien porque estás enfadado, te encanta tirarte contra nuestras rodillas, nuestros muslos o nuestra cara y darnos un bocadito que cada día es más doloroso. De vez en cuando ya tenemos que empezar a ponernos serios y decirte que eso NO se hace. Y no te gusta nada, pero nada, nada, que te llamemos la atención. En estos últimos días, justo cuando pensábamos que ya habías perdido el interés por acercarte a la tele, te ha dado no sólo por acercarte sino por aporrearla con cualquier cosa que tengas a mano. Esta misma tarde estábamos viendo la película Carolina se enamora y, después de levantarnos del sofá un montón de veces para retirarte de la tele; hemos tenido que poner pausa o apagarla cada vez que le has dado un golpecito. Al final parece que has entendido que si le das se para o se rompe y has dejado de hacerlo.




     Querido Matías: como cada vez que cumples un nuevo mes, además de contarte un poco lo que has ido haciendo y descubriendo, te regalo una canción. Para este mes tenía preparada una canción especial, una canción de Ismael Serrano que se llama Nana para un niño indígena. Desde antes de que nacieras ya soñaba con poder cantarte esa nana algún día.
 
     Pero las cosas que están pasando en una parte del mundo han hecho que cambie la canción que quiero regalarte este mes. La canción que te regalo se llama Luces errantes y también es de Ismael Serrano. Muchos días, antes de lo que ahora está pasando, he llorado, solo en el coche, escuchándola. Algunas noches, antes de quedarme dormido, me gustaba imaginar un escenario inmenso en el que un niño palestino empieza a cantar bajo una luz que lo arranca de la oscuridad.  El niño camina, recorre todo el escenario mientras canta su estrofa. Al otro lado, a oscuras, lo espera Ismael Serrano quien, al empezar a cantar coge a nuestro pequeño niño palestino de la mano. El escenario poco a poco se va iluminando. Al final, un coro de niños palestinos felices, sonrientes, alborotados y alborotadores, plenos, como deben estar siempre los niños, aparece por la parte trasera del escenario y lo llena todo con sus voces y sus sonrisas. Me encantaba quedarme dormido imaginando esas sonrisas, escuchando sus voces en sueños.

     La canción es preciosa, terriblemente preciosa, pero yo la tenía guardada para más adelante. Hoy la he puesto mientras empezaba a escribirte este capítulo y has escapado del salón. Te has acercado a mi escritorio, gateando a toda velocidad, y te has encaramado a mis rodillas. Mamá, que venía detrás tuya, me dice que has escuchado cantar a unos niños y has salido corriendo. Qué universal, que simple, que maravilloso es el lenguaje de los niños.

     Querido Matías, tú no sabes nada de política y yo cada día sé menos. Lo que está pasando en un rincón del mundo que, por haber nacido allí Jesucristo, debería ser un lugar sagrado, es que cada día están muriendo niños palestinos; niños a los que yo imaginé subidos a un escenario haciendo de este mundo un lugar mejor. Cada día mueren niños palestinos porque un gobierno poderoso ha decidido lanzar sus bombas contra escuelas, hospitales y casas. Cada día mueren niños palestinos porque hay muchos gobiernos que piensas que todas las vidas no tienen el mismo valor. Estos, mi querido Matías, son hechos incuestionables. Están muriendo niños, un gobierno, unos soldados los están matando y el resto del mundo no se decide a hacer nada.
     Ojalá, querido Matías, que cuando seas mayor vivas en un mundo en paz, pero hasta que esa paz llegue ojalá que canciones como ésta te llenen los ojos de lágrimas, ojalá que el sufrimiento ajeno no te sea indiferente, ojalá que huyas de los que juegan a ser políticos sólo para lucrarse, ojalá que seas capaz de pedir, de exigir que paren de una vez, que paren , que PAREN, que no maten más niños, que no siembren más odio, que no hieran de muerte y desesperanza a tantos padres. Cada luz que apagan, cada sonrisa que borran es un crimen contra toda la humanidad.

     Esta noche, antes de quedarme dormido, no imaginaré un escenario inmenso, pensaré en una escuela o un hospital o una casa palestina que se salva de las bombas, imaginaré que todas las voces poderosas de buena voluntad piden de una vez que PAREN.

     Esta es la traducción de lo que cantan estos niños palestinos que yo imaginé subidos a un inmenso escenario junto a Ismael Serrano.

Voló una cometa.
Voló alto como una paloma.

Voló una cometa.
Voló alto como una paloma.
Soñamos con vivir seguros
y con que caiga este muro opresivo.
Soñamos con la paz.

La luz del futuro nos hará olvidar 
las sombras del pasado.

Míranos, soñamos, respiramos
a pesar de todo nuestro agotamiento.

Seremos refugiados hasta que 
un día volvamos (a nuestra tierra).
...............................................................

Se ha adornado todo nuestro cielo
con nuestras esperanzas y nuestros sueños.
Voló una cometa.
Voló alto como una paloma.

Soñamos con vivir seguros
y con que caiga este muro opresivo.
Soñamos con la paz
en nuestra tierra.
...................................................................

Qué bello se ha adornado
nuestro cielo
con nuestras esperanzas 
y todos nuestros sueños.
Mirad cómo ha volado
esta cometa!
Ha volado lejos, como
una paloma

Cada día soñamos.
Soñamos con vivir seguros.
Siempre soñaremos
con la paz
en nuestra tierra.



                               



     Tú, querido Matías, estuviste, unos meses antes de nacer, en un concierto de Ismael Serrano en el Gran Teatro de Córdoba. El concierto fue largo, casi tres horas, pero Ismael no cantó Luces errantes. Estaba incluida en su último trabajo pero no la cantó. Sin las voces, sin las sonrisas de los niños palestinos junto a él, no tenía sentido cantarla.


lunes, 4 de agosto de 2014

Una arruga en el tiempo



     En alguna de las obras crónicas que cada verano había que afrontar en nuestra estrecha casita del pueblo, aprendí lo que era una junta de dilatación. Mi padre me enseñó que era necesario dejar unas pequeñas ranuras en el suelo de cemento para que en verano, cuando por efecto del calor el material se dilatase y expandiese, el suelo no quedase deformado.

     Los veranos de mi pueblo, Fuente Tójar, son tremendamente calurosos. Tanto que hasta el tiempo parece que se dilata y expande por efecto del calor. Antes de que se abriese la piscina municipal, antes de que los chavales de mi edad empezaran a trabajar en la carpintería; el día no empezaba hasta las 11 (los lunes de mercadillo y los sábados en Priego eran una excepción). A partir de esa hora los críos nos íbamos juntando en el pletín de la Anita para jugar apostando estampas de fútbol. Tras un corto paseo a donde la hornera para comprar el pan recién hecho nos sentábamos a comer. Nuestra estrecha casa, de pared medianera casi más ancha que ella misma, era un buen refugio. El Sol era despiadado a la hora de la comida. Nada que hacer hasta las 6 o las 7 de la tarde. A esa hora los chiquillos empezábamos a juntarnos y, si éramos un número suficiente, nos íbamos a la era de las Hortega a jugar un partido de fútbol. De vuelta a casa cansado y con algunos rasguños, una ducha ocasional y una cena rápida, quizá un bocadillo; y vuelta a la calle para darle ciento y una vueltas al pueblo o pasar la noche en la Fuente,  comiendo pipas junto al quiosco del Manolito.
     Cuando se inauguró la piscina, el día empezaba exactamente a las 12, cuando Agustín, el primo de mi madre, abría la taquilla. El pan se compraba en el camino de vuelta a casa, con el bañador húmedo todavía, la siesta se echaba en el césped de la piscina, jugaba más al tenis que al fútbol y, después de una ducha imprescindible y una cena rápida, quizá un bocadillo; ya no dábamos ciento y una vueltas al pueblo, ya no comíamos pipas junto al quiosco del Manolito; nos conformábamos con la mitad de vueltas y tomábamos un tinto sin alcohol en el bar de la piscina.
     Cuando todos los chavales de mi edad empezaron a trabajar en la carpintería, los cromos ya eran cosas de chiquillos, en la piscina pasaba el día con las niñas, los partidos de fútbol sólo se jugaban los sábados y domingos y a última hora de la noche tomábamos una cerveza en el reservado del bar de Manolo, después de que a las niñas se les agotase el permiso paterno para andar solas por la calle.

     El verano en mi pueblo se dilataba, se expandía tanto, que corría el riesgo de deformarse, de terminar siendo un verano aburrido, rutinario, feo. Mi junta de dilatación para evitar la deformación del verano eran los libros. Tumbado en la cama enorme del que había sido dormitorio de mis abuelos o sentado en el sillón del pasillo-comedor, me pasaba horas leyendo. Mi día, en realidad, no empezaba a las 11 con las estampas o a las 12 en la piscina; antes de salir a la calle con mi bañador y mi camiseta de algodón, con mi taco de estampas o mi radiocasete, ya había leído una buena parte de un libro. Muchas tardes, dando continuación al libro empezado por la mañana, retrasaba el momento de irme a la piscina. Muchas noches, después de la última cerveza con los chavales del pueblo, no me acostaba hasta terminar el libro. Suerte que no necesito muchas horas de sueño para estar descansado.

     La editorial Alfaguara había sacado una colección de libros juveniles que se compraban en los quioscos de prensa. Cada semana aparecía un nuevo título. Si no me falla la memoria cada libro costaba 350 pesetas. En aquel tiempo yo ya ganaba mi propio dinero dando clases de inglés y del resto de asignaturas a niños de EGB. Me compré, semana a semana y usando mi propio dinero, la colección completa. Formaban parte de ella títulos como: Momo, Rebeldes, La Historia Interminable, Charlie y la fábrica de chocolate, El pequeño Nicolás, La ley de la calle, El caso de Cristof, El nuevo Noé...

     A finales de agosto, cuando el verano parecía haber llegado ya a su límite de dilatación, pasaba más o menos las mismas horas en la piscina pero estaba más rato en el césped que en el agua. Como las conversaciones con las niñas también parecían agotadas, empecé a llevarme el libro del día a la piscina. Una de esas tardes de piscina terminé de leer Una arruga en el tiempo. Cuando iba a guardar el libro en mi bolso y a darme un baño, un amigo me pidió que se lo pasará. Mi amigo no era aficionado a la lectura, imagino que su junta de dilatación le había fallado y su verano estaba ya a punto de deformarse. Cuando volví de darme mi baño mi amigo ya había empezado a leer las primeras páginas. Me dijo que parecía interesante, que si se lo podía prestar. Le dije que sí. Pensé que el libro estaría de vuelta en un par de días, tres o cuatro como mucho. Tal vez mi amigo, esa misma noche, desistiera de la idea de leer un libro y me lo devolviese al día siguiente. La realidad es que no volví a ver mi libro hasta Navidad. Dos semanas más tarde de haberlo prestado y viendo que mi amigo no leía en la piscina y no me había dicho nada más del libro, directamente le pregunté por él. Me contestó que lo estaba terminando, que iría por la mitad pero que la semana siguiente, antes de que regresáramos a Córdoba para el inicio de las clases me lo devolvería. El día antes del regreso le volví a preguntar por el libro y su respuesta fue que una prima suya lo había visto y se lo había pedido prestado. Entre el verano y la Navidad pregunté por mi libro insistentemente cada fin de semana que pasé en el pueblo. La prima de mi amigo tardó un par de meses en leerlo y después se lo prestó a otra amiga que finalmente me lo devolvió en Navidad. Me lo entregó con una sonrisa y toda la tranquilidad del mundo. Me pareció increíble que se pudiera maltratar tanto un libro. Ella debió captar rápidamente la expresión, mezcla de sorpresa y furia, de mi cara y se apresuró a decir que a ella se lo habían pasado así. Con un poco de fixo intenté arreglar un poco las pastas y me prometí pensarme muy bien, en adelante, eso de prestar libros.

     Pasados un par de veranos, aquella colección juvenil de Alfaguara ocupaba un lugar en mis estanterías que yo necesitaba para otros libros. Puse la colección entera en un par de cajas de cartón y las guardé en la cochera, pensando que algún día tendría espacio suficiente para poder devolver los libros a una estantería y guardarlos para cuando tuviese hijos. Algunos años más tarde, reordenando la cochera, descubrí con espanto que mis libros de juventud habían sido atacados por las polillas. Tuve que tirarlos todos y me prometí pensarme muy bien, en adelante, eso de guardar libros en cajas en una cochera.

     Hace pocos meses el Círculo de Lectores decidió incluir en su catálogo Una arruga en el tiempo. Lo pedí de inmediato. Este fue uno de los dos libros que encontraron acomodo en la maleta de mi hermana. Viajó de Barcelona a Córdoba y de Córdoba a Bjørkelangen. Nada más deshacer las maletas me puse a leerlo. El verano en Bjørkelangen, aunque más corto y menos intenso, que el de Fuente Tójar, también necesita una junta de dilatación.





     En esta ocasión he tardado más de un día en leerla, pero he disfrutado igual que la primera vez con esta novela juvenil de Madeleine L´Engle. Se trata de una novela mitad fantasía, mitad ciencia-ficción, con toques de física cuántica y con toques religiosos. Es una aventura en la que dos de los hermanos Murry, Meg y Charles Wallace, acompañados de su amigo Calvin y ayudados por las señoras Qué, Cuál y Quién; emprenden un viaje por el tiempo y el Universo para rescatar a su padre y escapar de la cosa oscura. Gracias a su lectura he hecho mi propia "arruga en el tiempo" y he viajado a aquél verano eterno de mi pueblo, y me he visto tumbado en la cama de mis abuelos, cabeza abajo, leyendo con los brazos estirados la edición de Alfagura que estaba en el suelo de cemento del dormitorio.

     Busco información después de terminarlo y descubro que se publicó por primera vez en 1962, que no se editó en España hasta 1988 y que actualmente está descatalogado. Descubro también que hay varios libros más con las aventuras de los hermanos Murry y Calvin que no llegaron a editarse nunca en España.

     Las tres ilustraciones de abajo pertenecen a la edición de Círculo de lectores que tengo y que intentaré guardar y conservar en perfecto estado  hasta que mi pequeño Matías tenga la edad adecuada para viajar por una "arruga en el tiempo".
   





miércoles, 30 de julio de 2014

La telera



     Todo aquel que haya vivido, o al menos pasado una buena temporada fuera de casa, estoy seguro coincidirá conmigo cuando afirmo que uno se acostumbra a todo. Es innegable que se echan de menos muchas cosas pero, más pronto que tarde, nos hacemos a la idea de que aquellas pequeñas cosas que formaban parte de nuestra rutina ya no están.
     Una de esas pequeñas cosas que más echo en falta es el pan, y para ser más exactos: el pan de telera.  Los dos panes que más, más, más me han gustado en mi vida son: el pan de cantos de mi pueblo y la telera de Córdoba. El primero está asociado a mi infancia, a las comidas de invierno bien arrimados al brasero y a los meses de verano en los que el tiempo parecía infinito; la segunda está presente en toda mi vida. Comparten, el pan de cantos de mi pueblo y la telera, la corteza firme y dorada, el corte preciso que ayuda a la cocción y la miga abundante, blanquísima, fina y densa.
     Erik no ha tenido la oportunidad de probar el pan de cantos de mi pueblo -hace tantos años que no vamos a comprar pan donde la hornera-, pero coincide plenamente conmigo en mi admiración por la telera.

     Cuando Matías cumplió seis meses le dimos esta telerita. Era muy pequeño y apenas la mordisqueo un poco. La dejó en tan perfecto estado que aún la conservamos de recuerdo. Seguro que en próximos regresos a Córdoba, cuando vuelva a probarla, se come un buen trozo y aprende a decir "telera".





     Hace años, rodando por Cataluña, descubrí que una cámara al hombro es una llave maestra capaz de abrir muchas puertas. La pasada Navidad, pocas noches antes de volar de regreso a Noruega, pasé una noche en compañía de los panaderos de La Catalana. A pesar del sueño, fueron unas horas muy agradables aprendiendo como se hace el pan, viendo cómo un puñado de harina y agua toma forma hasta convertirse en un una telera. Fue un placer verles trabajar. En su modo de hacer hay cariño y maestría. Me decía uno de ellos que "parece que lo hace uno, así, sin mérito, pero to el mundo no sabe cortar". Cierto. Desde aquí les agradezco el tiempo que me dedicaron y la ilusión con la que me enseñaron su oficio.

 
                       
                            


     En torno a las 7 de la mañana salí del obrador, caía una suave llovizna que a penas molestaba, no hacía frío. De mi mano colgaba una bolsa enorme de pan recién salido del horno.



martes, 29 de julio de 2014

Las cuatro estaciones

     

     Terminadas las vacaciones, reabro este cuaderno virtual para contarte cómo fue el día de tu primer cumpleaños. Ya sé que el título que le he puesto al capítulo parece no tener nada que ver con la celebración de una fiesta de cumpleaños, pero si, cuando tengas edad para leer, tienes paciencia y llegas al final del capítulo descubrirás porqué lo he llamado así.

     Para que no quepa duda de que este capítulo habla de tu primer cumpleaños, aquí va la foto en la que parece que estás soplando la vela. Seguro que el año que viene, cuando la tarta tenga dos velas, ya eres capaz de soplarlas tu solito.




   
    El día de tu cumpleaños madrugué un poco y subí al cuartillo de la azotea para grabarte un mensaje en vídeo. Cuando bajé mamá y tú ya estabais despiertos. Como naciste a las 17.45 no te dimos las felicidades por la mañana. Despertamos a tus hermanos y nos fuimos a desayunar a San Pedro. En la Plaza de la Corredera se nos unió tu abuela Matilde y allí compramos parte del menú. Después tu hermano Kevin y la abuela se fueron al taller para terminar una capa que Kevin necesitaba para la noche. Erik, mamá y yo nos fuimos al Corte Inglés para comparte los ingredientes de la tarta y un molde. Camino a casa el calor no era tan intenso y el momento de hacer comida en nuestra pequeña cocina cordobesa sin aire acondicionado no fue terrible.

     Para tu cumpleaños elegimos un menú en el que estuvieran los platos que más le gustan a cada uno: para empezar lomo y queso fresco, salmorejo para mamá, croquetas para Erik y flamenquines para mí. Teníamos también un kilo de almejas para Kevin, pero nos pareció tanta comida que, con su aprobación, decidimos dejarlas para otro día. Acompañamos la comida con buen pan de telera. Tú te comiste un montón de palillos y probaste el pan con salmorejo. De postre tomamos fruta, ahora no consigo recordar si fue sandía o melón.

     Pero antes de cocinar la comida, mamá te hizo tu tarta. Estando en Córdoba podríamos haberla comprado ya hecha de cualquier pastelería, incluso podríamos habérsela encargado a la prima Lidia y haberla recogido en Lucena. De haber estado en Bjørkelangen podríamos haberle pedido a tu tante Gissella que te la hiciese ella. Pero estando donde aquí o allá, nuestro deseo era y es hacértela nosotros mismos. Puede que no quede como los otras (en aspecto te aseguro que las de la prima o la tante nos ganan por goleada) pero nos hace ilusión que el día de tu cumple soples las velas en la tarde de mamá y papá. Además, prometemos ir aprendiendo y mejorando cada año.

     Tu primera tarta fue de chocolate con relleno de mermelada de piña y cobertura de chocolate negro; adornada con mini nubecitas y crema de vainilla. Te prometo que estaba buenísima.




     Cumples años cada 5 de julio, ese día es especial para nosotros porque ese día recordamos el momento de tu nacimiento, casi minuto a minuto recordamos como amanecimos, como corrimos, como llegamos al hospital, tus latidos, el paseo por el Metro, la casa de tu abuela Teresa, Mariló en la tele, otra vez el hospital y ahora sí... Lo recordamos todo y cada año lo celebraremos el 5 de julio.
     Este año tocó en Córdoba, otros años tocarán en Bjørkelangen y quizá alguno nos pille en un destino exótico. Nos pille donde nos pille, toda la familia está invitada ese día tan especial a casa. Ojalá que toda la familia que esté lejos, aquí o allá, recuerde la fecha y te llame por teléfono para charlar un rato contigo.
     Tengo que reconocerte que esta obsesión por la fecha es mía, mamá no le da tanta importancia. Para mí no es importante la fiesta, de hecho pienso que una fiesta celebrada otra día, puede ser una buena fiesta, pero no es tu fiesta de cumpleaños. Tampoco pienso que lo más importante tengan que ser los regalos -después te cuento los que te llegaron en este cumpleaños-. Para mí lo importante es que cada 5 de julio estemos juntos mamá, tus hermanos y yo para acompañarte, para recordar y celebrar. A veces celebraremos aquí, a veces en Córdoba, unas veces en la intimidad, otras rodeados de abuelas, tíos, tías y primos y amigos; pero celebremos donde celebremos lo importante es que cada 5 de julio sea un día diferente y especial para ti, un día para esperar con ilusión el resto del año. Ojalá que mamá y yo sepamos hacerlo bien.

     Los regalos son importante en la medida de la ilusión que pone la persona que los hace. La medida del valor de un regalo de cumpleaños nunca puede ser económica. Ojalá que los regalos de cumpleaños que vayas recibiendo en tu vida sean hechos con ilusión y pensando en ti, juguetes que te ayuden a crecer, libros, muchos libros, juegos que te inviten a preguntarte cosas, regalos que te ayuden a ser buena persona, Dios te libre de los regalos rutinarios, Dios te libre de los sobrecitos con dinero. Ojalá que sepas recibirlos con la misma ilusión y cariño con la que se te entregan. Ojalá no pierdas nunca la capacidad de asombro y sepas agradecer por igual un bonito pijama que un juguete.
     Seguro que todavía te faltan algunos regalos por recibir este año. Hasta ahora tu tito-padrino Jose te regaló un pantalón vaquero y una camisa, la abuela Matilde una preciosa edición de Platero y yo, tu abuela Teresa un disfraz de pollo, una edición infantil de El Principito y tu primer juego de construcción, camuflado en una gran seta de colores. Mamá y yo, este año, sólo te hemos regalado un CD de Los payasos de la tele. Ya ves que es verdad eso de los regalos no son para nosotros lo más importante.



         
     Me toca, por último, explicarte el porqué del título de este capítulo. Cumples un año y también 12 meses. Como cada vez que cumples un mes quiero regalarte una canción. Ésta, por ser la de una fecha especial, tenía que ser también una muy especial.
     Las cuatro estaciones de Vivaldi y también las de Piazzolla son piezas musicales que han sido siempre muy especiales para mí. Tanto que siempre las he asociado a las etapas de la vida y también a las etapas del amor. Tanto que algún día, cuando me vea capaz de no hacer una basura, escribiré un guión inspirado en ellas.
     Naciste el 5 de julio, pero tu viaje empezó unos meses antes. Una noche, después de un concierto en el Palau de la Música Catalana, después de escuchar Las cuatros estaciones de Vivaldi, supe con seguridad que habías empezado a recorrer el camino a casa, porque los sueños se cumplen, porque me encanta que los planes salgan bien, porque Dios y la Virgen nunca nos fallan y porque si algo no sale bien es porque no es el final.

     Feliz cumpleaños pequeño Matías, chiquitín nuestro.