miércoles, 5 de febrero de 2014

El niño que miraba el mar







     Matías cumple hoy su séptimo mes. Este cinco de febrero se presenta con menos nieve, con bastante menos frío de lo habitual para este tiempo y lugar. Estos últimos días no hemos necesitado encender la chimenea.
     Matías está aprendiendo a controlar su cuerpo, continúa haciendo la "croqueta" por toda la alfombra, deseando escapar de su límite bermellón y alcanzar las tablas de pino del suelo; en ellas, Matías se desliza con gran agilidad de espaldas y en espiral hasta acabar debajo del alguno de los sofás o bajo el  mueble de la tele. En ocasiones Matías alcanza el límite norte de la alfombra y se acerca peligrosamente a las estanterías de libros. Es el momento de levantarse rápido del sofá y tomarlo en brazos antes de que se dé un buen golpe con los cantos de la librería. Ya no es suficiente con desplazar a un lado la mesita que ocupaba el centro de su alfombra, Matías se mueve ya tan rápido que hemos tenido que ponerla entre los dos sofás y la puerta de la terraza.
     En estos últimos días Matías ha aprendido a ponerse de rodillas, intenta gatear pero todavía no domina la técnica y en la mayoría de los casos, después de tomar impulso y volver a tomar impulso y volver a tomar impulso; acaba lanzándose en plancha. Suerte que la alfombra es lo suficientemente mullida.
     Llevado por el entusiasmo que le provoca escapar del límite bermellón, Matías ya se ha dado un par de "cocos" con las tablas de pino del suelo. La primera vez, miró extrañado, como intentando recordar qué era el dolor; después lloró unos segundos y al poco ya estaba calmado en mis brazos. Los siguientes "cocos" no produjeron en él más que unos segundos de silencio antes de volver a darse la vuelta o empezar a reír al vernos a nosotros tratar de quitarle importancia al coscorrón.

     La semana que viene Nathaly empieza a trabajar y Matías se queda conmigo en casa. En los próximos tres meses mi oficio es cuidarle y aprender noruego. Veremos las Olimpiadas, veremos películas, escucharemos música, pasearemos por el pueblo y haremos frecuentes visitas a la farmacia en busca de comida y un beso de mamá.
     La principal preocupación de Nathaly es precisamente la comida. Desde hace dos semanas estamos empezando a darle papillas y fruta para que se vaya acostumbrando a comer. De momento el resultado es un fracaso absoluto. Hemos insistido tanto con la lactancia materna que ahora Matías no quiere otra cosa que no sea "su leche". Lo Hemos intentado con papillas caseras probando diferentes tipos de harina ecológica, con y sin gluten; con manzana molida, plátano molido y hasta con miguitas de pan. El resultado siempre es el mismo: Matías nos mira con cara de "pero esto qué es", después sonríe, y cuando parece que se lo ha tragado y tenemos otra cucharada lista, abre la boca y va dejando salir la papilla, la fruta molida o el pan.
     Hoy hemos probado con un potito ecológico, de esos que se supone que les deberían pirrar a todos los bebés. El resultado ha sido aún más catastrófico. No parece que el problema sean los sabores sino la técnica de Matías, más bien su falta de técnica con la cuchara o el biberón. Porque esa es otra: no hay quien le meta un biberón en la boca. Sólo parece ir acostumbrándose a tomar agua en uno de esos vasitos especiales para bebé, algo es algo.
     Yo no estoy preocupado, y mira que eso es difícil. Matías está creciendo sano,  fuerte y feliz,  y toma el mejor alimento posible; tiempo tendrá de probar y comer otras cosas. Mientras, a mí no me cuesta nada dar todos los viajes a la farmacia que sean necesarios.

     La otra gran novedad de estos últimos días es que Matías ya puede sentarse. Conseguimos una sillita de segunda mano que puede plegarse y le sirve también de escritorio. Ahora Matías se sienta a mi lado un ratito cuando estoy montando, nos mira hacer la comida y se sienta con nosotros a la mesa. Tiene dos cintas rojas atadas a su sillita, de una cuelga una cucharita y de la otra su Sophie. Mordisqueándolas y mirándonos, dando grititos de vez en cuando y siendo siempre el centro de atención; nos acompaña en cada comida.


     Sé, querido Matías, que aunque ya has visto el mar, todavía no estás en el tiempo de detenerte, y detenerlo todo, para mirarlo; y que la canción de este mes no es una nana. El caso es que el pasado 24 de enero, Luis Eduardo Aute dio un concierto en el Gran Teatro. A pesar de que algún buen amigo tiene dudas sobre el hilo de voz que le queda a Luis Eduardo, sin duda alguna por escuchar el más insignificante de sus susurros habría merecido la pena el precio de la entrada. Si el 24 de enero hubiésemos estado en Córdoba, hubiésemos aplaudido cada canción, cada frase, cada susurro y cada eco desde el patio de butacas del Gran Teatro.

     Poco antes de que nacieras ya escuchábamos esta canción, y durante tus primeros meses de vida más de una mañana despertaste con este niño que miraba el mar. Cuando pasen unos años, en cualquier regreso a Andalucía, nos daremos un paseo para mirar el mar, y mientras pienso en el niño que fui, intentando descubrir hasta que punto me acabé convirtiendo en su verdugo; me moriré de ganas por averiguar qué estás pensando tú, mi pequeño, sentado frente a la inmensidad del mar, frente a la inmensidad de tu futuro. Antes, mientras y después escucharemos al Aute de la voz clara, al que cantó mano a mano con Silvio y al del hilo de una voz profunda y preciosa.


 
                               






domingo, 2 de febrero de 2014

Mr. Smith goes tu Washington





     Tarde tranquila de domingo en el salón.  A pesar de que los -3 grados que marca el termómetro no son el frío aterrador que esperábamos para esta fecha, la chimenea está encendida y la calidez del sofá invita a ver un clásico. Matías juega en el suelo y yo,  sin pensarlo mucho, me decanto por esta versión doblada y traducida como Caballero sin espada de la original Mr. Smith goes to Washington de Frank Capra, a los 10 minutos Nathaly me pregunta si de verdad quiero ver esto esta tarde de domingo casero; a los diez minutos estoy seguro de que no podía haber elegido mejor.

      La película de Capra, muy valiente para su época (1939), narra las peripecias del joven Mr. Smith en el Senado de los Estados Unidos. La inesperada muerte de un viejo senador lleva al joven idealista y patriota Mr Smith directamente al Senado, gracias a la inexperiencia e ingenuidad que le suponen los políticos-títere de su estado y el magnate que mueve sus hilos. El idealista y patriota Mr. Smith, de la manera más inexperta e ingenua, redacta y presenta a la Cámara un proyecto que choca frontalmente con los intereses del magnate. El joven Mr. Smith demuestra ser más idealista y patriota de lo que se le suponía y se niega a formar parte de la maraña de políticos corruptos que ha ido tejiendo y alimentando el magnate. Comienza una lucha desigual entre el joven Mr. Smith, apenas ayudado en su inexperiencia e ingenuidad por la secretaria del anterior senador, y los políticos corruptos que le dieron el cargo, el Senado conservador y el magnate; quien además de controlar a los políticos, manipula a la opinión pública a través de las mentiras que publica en la mayoría de los medios de comunicación, de los cuales es dueño y señor absoluto. Injustamente acusado y a punto de ser expulsado del cargo de senador, el joven Mr. Smith pondrá sobre la mesa todo su idealismo, patriotismo, entusiasmo y testarudez hasta la extenuación, consiguiendo, por sorpresa, la confesión redentora del otro representante de su estado en el Senado. El su lucha desigual, y cuando al joven Mr. Smith todos le habían asignado el papel de villano, sólo los jóvenes que le conocen y creen en su inocencia, tan idealistas como él, se pondrán de su lado y harán todo lo posible para que el resto de la población consiga acceder a una verdad que nada tiene que ver con lo publicado en la prensa del poder.

     Estos días le escucho al Presidente no electo de la Comunidad de Madrid decir que las protestas y que la resistencia civil no son una opción. Dice, el Presidente no electo de la Comunidad de Madrid, que el pueblo elige a sus representantes mediante votación, delegando en ellos la elaboración de las leyes y el gobierno de la sociedad. Sostiene, el Presidente no electo de la Comunidad de Madrid, que éstas son las reglas del juego. Olvida, sin embargo, este personaje no elegido por los ciudadanos de la Comunidad de Madrid que el pueblo no entrega, sólo delega el poder, y que el pueblo tiene todo el derecho a mostrar su disconformidad ante las leyes y la ejecución de las mismas que considere injustas, que el pueblo tiene derecho a oponerse a la injusticia, que el pueblo tiene la obligación de resistirse ante el dictado caprichoso e interesado de aquellos que, una vez elegidos por el pueblo en las urnas, se olvidan impunemente de que no son más que empleados de esos votantes que los eligieron.
Olvida, este personaje al que ningún madrileño votó para Presidente de la Comunidad de Madrid, las promesas que desde su partido se hicieron como cantos de sirena en el tempestuoso mar de la crisis; promesas que, una vez sentados en su respetable escaño, en su honorable sillón presidencial, no tardaron en olvidar.

     Veo como el barrio de Gamonal en Burgos se echa a la calle y con huevos, claro que sí, con muchos huevos, consigue desenmascarar la corrupción en su Ayuntamiento y paralizar las obras que querían llenar su barrio de un sospechoso hormigón. Leo que al parecer en Burgos hay un jefe, un magnate, que es dueño de la prensa y de la mayoría de los contratos de obra pública. Los vecinos del Gamonal le señalan y demuestran, con huevos y papeles, que detrás de las obras en su barrio se esconde la mano, presta para recibir el dinero público, de quien se cree dueño y señor de Burgos.
     Respecto de este mismo asunto leo que la Alcaldesa no electa de Madrid, aquella del "cup of café con leche" habla de los atentados de Burgos, y no puedo evitar preguntarme sobre el contenido de su café con leche. Yo que ella cambiaría de cafetería o de marca de café porque estas alucinaciones y deformaciones de la realidad pueden acabar resultando muy perjudiciales.

     Leo, con gran satisfacción, que los trabajadores de la sanidad en particular y los madrileños en general, han conseguido parar la privatización caprichosa e interesada que el Presidente no electo de la Comunidad de Madrid daba por segura.

     Estas alegrías compensan el mal sabor de boca que me dejó el último montadito que compartí con mi amigo José Javier el último día del año. Recordábamos, mi amigo y yo, viejas batallas de juventud, inútiles batallas en las que acabamos tirando la sucia toalla de la política juvenil. Poco tiempo después emigré a Barcelona y aceleré el proceso de la amnesia. Del olvidó se salvaron algunos nombres y algunos rostros, buena gente anónima que, curtidos en mil batallas, decidió no tirar la sucia toalla, esperando tiempos mejores, nuevas ideas para volver a ilusionarse, un nuevo cambio dentro del cambio que nos devolviesen la S y la O de las siglas de nuestro partido.
     Sin proponérselo, mi amigo José Javier, me pone al día y rescata un par de nombres de mi amnesia política. Dos nombres que de jóvenes no fueron idealistas, ni contestatarios, ni leales, ni capaces de soñar con un mundo mejor, a menos que ese mundo fuese el diminuto mundo de su yo. Mientras mi amigo José Javier me cuenta, imagino las reverencias, las deslealtades, la hipocresía, las mentiras y las medias verdades, los asentimientos y las manos alzadas según el dictado que toca; no me cuesta imaginar el gran trabajo que tuvieron que hacer los dos nombres que había olvidado para conseguir que el pueblo les pague una mensualidad vitalicia.
     Mi amigo y yo sabemos que acabamos tirando la toalla por no hacer la reverencia a los jefes, por contestarle a los mayores, por la lealtad que nos debíamos a nosotros mismos, porque soñábamos con un mundo mejor. Sabemos, mi amigo y yo, que vivimos al día y que nadie nos asegura el mes que viene, sabemos que no merece la pena arrastrarse; pero a pesar de todo, no puedo negar que, sin quererlo, hoy mi amigo José Javier, me ha dado el último día del año.

   


lunes, 27 de enero de 2014

Nadal vs Wawrinka



      Quizá, por ser la primera vez que te escribo sobre Nadal, debería haber esperado a una final de Roland Garros, puede que contra Federer o contra Djokovic, una final que, pudiera ser, acabase con un nuevo trofeo de campeón levantado por Rafa al cielo de París.
     Sin embargo, hoy nos sentamos frente al televisor puntuales, a las 9.30 de la mañana, para ver a Nadal en Australia, contra un tal Wawrinka. Tres horas después yo sigo en el sofá, fastidiado porque Rafa ha perdido contra el tal Wawrinka, y tú, que todavía tienes unos cuantos años por delante para decidir si te gusta el tenis o no, estás gateando por la alfombra frente al televisor. Me levanto del sofá y te tomo en brazos, fastidiado porque Nadal ha perdido, pero orgulloso, muy orgulloso de como se comportó hoy, en la derrota, nuestro campeón.

     Durante todo el campeonato Nadal ha sufrido con una terrible llaga en la mano con la que golpea.




     Con semejante herida más de uno habría abandonado la competición, con una herida como esa la mayoría se hubiesen quejado, pero Nadal no. Rafa siguió jugando y ganando, apretó los dientes y el puño contra la maldita llaga y golpeó y golpeó la pelota hasta sacar de la pista a todos sus rivales, el gran Federer incluido.

     Y así se plantó nuestro Rafa en la final de Melbourne: con una mano herida pero dispuesto a jugar su mejor tenis contra el tal Wawrinka. 
     Poco antes de empezar el partido, contigo a mi lado en el sofá, yo sufría por la mano de Rafa pero no tenía dudas de que terminaría ganando el partido. Durante el calentamiento Rafa sufrió un pinchazo en la espalda, en aquel momento nadie se dio cuenta.  




     Empezó el partido y el suizo Wawrinka parecía el gran Federer en su mejor momento y nuestro Rafa no se parecía a nuestro Rafa. El tal Wawrinka parecía tener un cañón en el brazo y Rafa parecía no poder llegar a las balas que le llegaban desde el otro lado de la red. Miré con preocupación su  mano, pero preferí pensar que simplemente había entrado un poco frío al partido.




     En algún momento debiste protestar y probablemente te tomé en brazos y te paseé por el salón. Cuando te dejé en los brazos de mamá, listo para comer, vi que el tal Wawrinka parecía tener un cabreo de mil demonios y no dejaba de protestarle al juez de silla. Rafa estaba desaparecido. Atención médica, supuse, la dichosa mano, imaginé. El suizo estaba cada vez más cabreado, y eso que iba ganando. El tal Wawrinka empezó a caerme mal, y olvidando que ya paso de los cuarenta, empecé a desear con todas mis fuerzas que súper Rafa saliera del vestuario con la mano arreglada y barriera de la pista a este suizo impertinente como hacía dos día había barrido a su compatriota, el gran Federer. Y en mitad de este deseo infantil me enteré de que el problema no era la mano.




     El el final del segundo set, Rafa me recordó a un boxeador que, a punto de besar la lona y sabiendo que todo está perdido, se resiste a caer con todas su fuerzas. No creo recordar haber visto nunca una mirada tan triste en sus ojos. Con todas mis fuerzas desee que tirase la toalla y abandonase esa maldita pista y que el tal Wawrinka ganase de una vez esa mierda de partido.


     


     
     Pero no abandonó, con tristeza en la mirada y un terrible dolor de espalda continuó jugando. Sacó lo mejor de su muñeca, no intentó perseguir los cañonazos del suizo, se concentró sólo en cada uno de sus golpes y durante una hora consiguió hacernos soñar. Salté del sofá y te desperté, incluso alguna vez me miraste un poco asustado; con cada uno de sus puntos, y al tal Wawrinka lo envié más de una vez a pastorear vacas cántabras. Rafa, cuando todos ya habíamos arrojado la toalla, ganó el tercer set y consiguió que la muñeca de Wawrinka temblase. Rafa lo intentó en el cuarto y durante unos puntos, pensamos que iba a conseguir alargar el partido y que si lo alargaba su problema de espalda sería una minucia comparado con el terremoto que iban a acusar las muñecas de Wawrinka. Pero no pudo ser, y la tristeza de sus ojos se hizo lágrimas y todos quisimos llorar con él. Por eso, aunque a priori no parecía la "final del siglo", y aunque perdió Rafa, quiero contarte que cuando tú tenías apenas seis meses y medio, Rafa Nadal, nuestro Rafa, nos dio un maravilloso ejemplo sobre cómo afrontar la adversidad y   comportarse en la derrota.






     A tu abuelo y a mi nos gustaba el tenis, la verdad es que nos gustaban casi todos los deportes, sobre todo si jugaba algún español. Santana había sido nuestro gran tenista pero yo no lo había visto jugar. De niño recuerdo algún partido de Manolo Orantes y sobre todo los Björn Borg contra John McEnroe (yo iba con Borg). Crecí y el tenis me siguió gustando y seguía viendo los grandes partidos junto a tu abuelo. Connors, Becker, Wilander, Vilas, Lendl, Sampras...
     En aquellos años nuestro mejor tenista era una mujer que usaba un original sostenedor de pelotas en su espalda y una muñequera enorme con la bandera de España. Cómo disfrutamos tu abuelo y yo viendo ganar a Arantxa Sánchez Vicario en Roland Garros. Después empezaron a salir un montón de jugadores españoles que tenían por costumbre ganar en París: Bruguera, Moyá, Costa y Ferrero; pero tu abuelo ya no estaba sentado junto a mí en el sofá para celebrar. 

     Nadal ya tiene 27 años y trece grandes en su palmarés. Nadal gana en París, en Melbourne, en Londres y en New York. Nadal es hoy el número uno y la lista de adjetivos, todos buenos, que añadir a su nombre es enorme. Confío en que el físico le aguante, espero que te guste el tenis, que te gusten casi todos los deportes en realidad, como a tu padre y tu abuelo, y ojalá que cuando tengas cuatro o cinco añitos y ya sepas quien es Rafa, veamos juntos, querido Matías, una gran final. Al terminar el partido, con la victoria o la derrota haciendo agua en mis ojos, miraremos al cielo para contarle al abuelo lo grande que es nuestro Rafa. 



miércoles, 15 de enero de 2014

Baltasar. Villancico para tu primer medio año.



     En la tarde mágica del 5 enero, Matías cumplió seis meses. El hecho de que coincida con la llegada de sus Majestades, los Reyes Magos de Oriente, a todos los pueblos y ciudades de España, convierte este medio cumpleaños en una fecha muy especial para nosotros.

     Este último mes, Matías lo ha pasado viajando, primero Barcelona y después Córdoba. En este mes, Matías se bautizó en El Rocío, a los pies de La Blanca Paloma. Día tras día, montones de familiares y amigos han ido conociéndolo; todos nos dicen lo guapo y grande que está, lo feliz que parece y cuánto se nota que le queremos y que somos felices a su lado.

     En este mes, Matías ha asistido a sus primeros conciertos y ha pasado su primera Navidad, una Navidad cordobesa este año, una blanca Navidad que, como las oscuras golondrinas de Bécquer regresará cada año, una Navidad de la que guardamos recuerdos, fotos y un preciosos trajecito de pastor.  Sabemos ahora que aquellas Navidades sencillas, en las que nos atrincherábamos contra el frío tojeño bien arrimados al brasero, aquellas Navidades que esperábamos con la ilusión intacta y que, como si de una feliz película se tratara, veíamos pasar con ojos de niño; aquellas Navidades, como las oscuras golondrinas de Bécquer, aquellas nunca volverán.

     Con la Noche de Reyes, terminó nuestra Navidad cordobesa. El regreso a casa, sin embargo, se ha demorado más de lo previsto. Hemos acompañado y sufrido junto a Matías su primer resfriado o su primera gripe, que en esto los médicos no acaban de ponerse de acuerdo. De vuelta a su hogar Matías sonríe, recupera la carcajada que su primer resfriado o su primera gripe le robó durante unos días. En las Navidades que están por venir, estemos aquí o allá, haremos todo lo posible para sembrar la memoria de Matías con el recuerdo de unos días especiales en los que celebramos la llegada de Jesús, el cambio de año y la adoración de los Reyes, unos días en los que todos tenemos derecho a soñar y a desear ser un poco mejores.





     Para mí era muy importante que en la primera Navidad de tu vida no faltasen los Reyes Magos. De sobra sé que la Cabalgata sólo fue bulla y ruido para ti y que los regalos que recibiste: un libro de cuentos sin palabras, un pequeño xilófono y una maravillosa edición de El Principito, son regalos que empezaras a apreciar dentro de algunos años; sin embargo para mi era muy importante que estuvieses compartiendo la ilusión con la que miles de niños cordobeses, millones de niños españoles se van esta noche a la cama. 

     Tu canción de este mes tenía que ser otro villancico, un villancico dedicado a los Reyes Magos, un villancico de Manolo Escobar, un villancico que este año no sonó en nuestra casa de Córdoba (habrá que poner remedio para otra ocasión porque la Navidad sin los villancicos de Manolo es un poco menos alegre).
      Puede que la letra no sea políticamente correcta, es muy posible que esté desfasada, incluso es probable que algunos fariseos se lleven las manos a la cabeza y lleguen hasta a acusarnos de racistas. Intenta alejarte lo más posible de aquellos que siempre tienen presto el dedo para señalar y acusar. Este villancico de mi infancia esconde una terrible verdad: en el mundo sigue habiendo millones de niños que, independientemente de su raza o su religión, están unidos y uncidos con el yugo de la pobreza, niños de los que solemos acordarnos en estas fechas con un pensamiento condescendiente, rápido, inútil  y molesto que intentamos borrar cuanto antes para que no nos fastidié la Navidad. El mundo sigue lleno de niños a los que parece no querer nadie, a los que nadie tiene tiempo de cuidar, niños que se dejan su infancia trabajando y sufriendo por nuestra comodidad. 
     Ojalá existiese un Baltasar para cuidar de ellos, para regalarles la infancia que los hombres poderosos, los de los paraísos fiscales, los del G no se cuanto les robaron. Ojalá este querido Rey Negro tuviese súper poderes y regalase ilusión, esperanza y futuro a los niños que menos tienen. No hay derecho a una infancia con hambre, no hay derecho a una infancia de trabajos forzados, no hay derecho a una infancia sin magia. 





miércoles, 11 de diciembre de 2013

Nysnø

   

     Recuerdo dos cuadros en el salón de mi infancia: unas bailarinas de Degas y un paisaje campestre, difuminado en mi memoria, pero, sin duda más cerca de la pradera inglesa que de nuestra campiña. Cómo llegaron esos cuadros al salón de mis padres y dónde están ahora son dos misterios que trataré de resolver en los próximos días junto a mi madre en Córdoba.

    Uno de los peores recuerdos de mi infancia tiene que ver con un dibujo, mejor dicho, con un intento de dibujo. Fue en segundo de EGB. D. Juan, el profesor titular estaba enfermo y vino una profesora sustituta. No recuerdo que hicimos durante las primeras dos horas, pero no me cuesta imaginar el pequeño follón que armaríamos valiéndonos de la ausencia de D. Juan y su temida regla "Felisa". Al sonar la campana que anunciaba el recreo, los nervios de la sustituta deberían estar ya al límite, y bien puedo imaginar que, durante nuestra media hora de bocadillo y fútbol al pelotón, ella se dedico a concebir un plan para tenernos tranquilitos el resto de la jornada. Su plan maestro consistía en hacernos abrir un libro de lectura por una página que mostraba a un hombre vestido de flamenco y contorsionándose a página completa. Cuando todos teníamos el libro abierto por la página señalada, ella pronunció la terrible frase que puede resumirse en un: quiero que me copiéis este dibujo en una hoja en blanco.
     Para mí fueron las dos horas más terribles de la EGB.
     Desde "Parvulitos" estaba acostumbrado a ser muy rápido y muy bueno leyendo, tanto que abrumaba a los profesores titulares, y a ser bastante rápido y bastante bueno con las sumas y restas, y a tener una caligrafía legible, cosa que a esa temprana edad tiene bastante mérito. Como contrapunto, que nadie puede ser bueno en todo, era un perfecto inútil a la hora de dibujar. Creo que ni calcar se me llegó a dar bien. Me recuerdo al borde de la histeria, luchando contra las lágrimas y el papel, y terriblemente sorprendido y frustrado al ver que era incapaz de lograr dibujar algo que al menos tuviese el aspecto de cuerpo humano. Tengo que reconocer que todavía me frustró más, casi hasta el punto de depresión infantil, ver que algunos de mis compañeros de los del grupo "balbucea cuando lee, suma con los dedos y se equivoca, caligrafía abstracta" había hecho una copia casi perfecta de aquel idiota que se había puesto a bailar, vestido de flamenco, para amargarme el día.

     Por suerte, esta terrible experiencia no llegó a traumatizarme más allá de la desconfianza que, desde aquel día,  le tengo a cualquier sustituto.

     A pesar de mi manifiesta inutilidad para la creación, y quizá por eso mismo, admiro profundamente en otros la capacidad para crear belleza de la nada, para ver la realidad de otra manera, interpretar, ordenar, dar sentido, redescubrir el mundo, su mundo; y plasmarlo en pinceladas con el poder de conmover a quien, sin prisa, se detiene frente a ellas.
   
     Lo poco que sé de arte, se lo debo agradecer a D. Andrés y D. Juan Manuel, profesores de Historia e Historia del Arte en Salesianos. Ellos me enseñaron a mirar y descubrir la belleza y el significado que contenían los monumentos, esculturas y pinturas que estudiaba. Y además, sabían hacerlo de forma divertida.

     En el salón de mi casa materna, ya no están aquellos cuadros-copia de mi infancia. Adornan el nuevo salón un par de cuadros de la Virgen, de un pintor que tiene su taller a pocos metros de nuestra casa, una costurera del mismo autor, y la litografía de la Torre de la Mezquita que le regalamos a mamá por nuestra boda. Sin embargo, yo, que ya he habitado varios salones propios, nunca conseguí encontrar un cuadro que colgar de sus paredes, entre otras cosas porque me negaba a poner cualquier cosa para tapar el vacío y porque me repele colgar un cuadro-copia o un cuadro Ikea. Sólo dos cuadros: uno que pintó para mí, enmarcó y me regaló mi hermano y otro, muy simple, sólo seis espigas de trigo simétricas y sobre un lienzo basto, pintado por una aficionada y comprado en una feria de verano en el Bygde Tun de Hemnes; tuvieron para mí el valor necesario para completar un espacio.

     Sin embargo, tras esta larguísima introducción, tengo que asumir la compra de un cuadro-copia. Intentaré, a partir de ahora, justificar esta decisión.

     A pocos metros de nuestra nueva casa, hay una tienda de artículos de segunda mano, ASVO. Los beneficios que se obtienen de las ventas van destinados a personas discapacitadas, con problemas de adicción...
     Cada mañana, cuando salimos a pasear a Matías, pasamos junto a los escaparates y miramos desde la calle, por si vemos algo nuevo. Una mañana, hace unas semanas, un cuadro nos llamó la atención. Por lo poco que sé de arte, no identifiqué la obra. Pensé que, quizá, era de un pintor local aficionado que, con lo poco que se de arte deduje, le había dado un estilo Munch a su pintura. Como el paseo de ese día fue por la tarde, la tienda estaba cerrada y no pudimos entrar para ver el cuadro de cerca. A la mañana siguiente comprobamos que la pintura no era más que una lámina,  y que el estilo era tan Munch como que se trataba de uno de sus cuadros. Inmediatamente le anuncié a Nathaly mi firme resolución de no poner ninguna lámina de un cuadro conocido en la pared de mi salón. Nathaly no quedó nada conforme con mi firme, firmísima, decisión. Un día después, coincidiendo con nuestro paseo matutino, vimos a una pareja, mucho más madura que nosotros, mirando el cuadro con mucha, muchísima, atención. En ese momento, dos pensamientos cruzaron mi cabeza a la velocidad del rayo: si ellos compran el cuadro, Nathaly me lo va a estar recordando toda la eternidad; pero, si nosotros, que somos una pareja bastante menos madura, aceleramos el paso, les adelantamos por la derecha, y Nathaly entra mientras yo bloqueo la puerta con el carrito de Matías; llegamos al cuadro antes que ellos. Dicho y hecho. Reconozco que me subió un poco la temperatura cuando la cara de la señora, tan simpática ayudándome con el carrito de Matías en la puerta, se congeló al ver a Nathaly venir hacia mí con el cuadro bajo el brazo.

     Además de esta serie de acontecimientos nada frecuentes, debo señalar, en mi defensa, que el cambio en mi firme, firmísima, decisión se ve atenuado porque se trata de una obra desconocida, desconocidísima, del autor de "El Grito"; porque Munch es un pintor Noruego, y Noruega tiene tan poca población que cualquiera de los genios que ha dado esta tierra nórdica, puedo ser considerado un autor local, porque escucharle a Nathaly aquello de "por tu culpa no compramos aquel cuadrito" toda la eternidad, no tendría ninguna gracia;  porque, pensándolo bien, aquel cuadro había estado colgado del salón de alguien durante muchos años, y eso, quieras que no, ya le da valor de antigüedad; y, por último, porque, qué carajo, el cuadrito a mí también me gustaba un montón.





          Después de llegar a casa y reírnos un rato de nuestras carreritas mal disimuladas por la tienda, le encontramos un modesto rinconcito al que, espero, sea el único cuadro-copia de mi salón. Eso sí, ya le he avisado a Nathaly de que si algún día me da por colgar un cuadro-Ikea, debe llevarme inmediatamente al psiquiatra.





     Este año, la nieve se ha hecho esperar más de lo habitual, no hace más de cuatro días que hizo su aparición en nuestra calle. Cosas del cambio climático, supongo. Qué miedo me da de pensarlo. Esta es nuestra pequeña avenida. Verdad que se parece un poco a la del cuadro, quizá por eso nos gustó tanto. Ojalá que, toda la eternidad,  esta diminuta avenida de pueblo se llene de nieve en invierno,  y los hijos de los hijos de Matías. Kevin y Erik, estén donde estén, puedan mirar estas fotos y reconocer el paisaje, y puedan seguir disfrutando rodando por la nieve, haciendo muñecos gigantes o entablando feroz batalla de inofensivas bolas blancas. 




     Este año toca Navidad cordobesa, cuento los días y los cafés que me faltan para aterrizar en Málaga y llegar a Córdoba y comerme una Delicia y una Logroñesa y cachito de El Almendro y cantar villancicos de Manolo Escobar y Yerbabuena y pasear y tomarme un fino y decir Feliz Navidad,  ir a la misa del gallo y hartarme de ver nacimientos...
     El año que viene, si Dios quiere, celebraremos la Navidad junto a nuestro maravilloso abeto, que no me canso de mirar cada día desde mi ventana.




lunes, 9 de diciembre de 2013

Blue Mountain



     Reconozco que hasta que llegué a Barcelona, desconocía el sabor de un buen café. Fue más o menos a los 20 cuando empecé a tomar café con cierta asiduidad. En aquella época, en realidad, me gustaba más una buena taza de te; pero mi madre no perdonaba su dulce de sobremesa, su brasero en invierno y su café. Por el gusto de acompañarla en aquel modesto ritual y, también, por alargar hasta las tres (hora a la que empezaba Diálogos con la música) el terrible momento de subir a mi cuartillo en la azotea, donde, después de escuchar a Ramón Trecet me dedicaba a perder el tiempo con un libro de Derecho abierto sobre mi mesa; me fui acostumbrado a aquel cafe de sobremesa. 

     Por más que nos empeñamos en utilizar distintas cafeteras, filtros de papel para aumentar la presión, usar café en grano recién molido en casa o usar distintos tipos de café; al final líquido que obteníamos no era más que un flojo café de puchero que acompañábamos con un bollo y una charla sobre mis estudios en la que intentaba tranquilizar a mi madre y con la que sólo conseguía desequilibrarme más a mí mismo.

     Cuando el engaño ya no dio más y con un café de sobremesa reconocí ser terriblemente infeliz en la Facultad de Derecho, empezó a fraguarse mí huída a Barcelona.  Recién llegado a la Ciudad Condal,  una de las primeras cosas que hice fue tomar un café con mi amigo Juanma. De entrada me sorprendió el tamaño de la taza, diminuta, y cuando el camarero dejó la taza sobre nuestra mesa, me sorprendió todavía más que la diminuta taza estuviese medio vacía o medio llena (allá cada cual con su forma de ver la vida y los vasos o tazas). Yo había llegado a Cataluña sin prejuicios, bueno, intentando no tener prejuicios; pero viendo aquella ridícula taza de café medio llena, no pude evitar pensar en ciertos tópicos.  Por si fuera poco, el precio era excesivo para mi economía de estudiante, y además era más caro si, como nosotros, te tomabas el café sentado en una mesita que si te lo tomabas en la barra. Y estoy hablando de pesetas, que meses después con el dichoso euro...

     Señalado todo esto, tengo que reconocer que, ya con el primer sorbo, descubrí que lo que había estado bebiendo hasta ahora no tenía nada que ver con el precioso y escaso (como todo lo precioso) contenido de aquella diminuta taza. En ese momento, empecé a aficionarme de verdad al buen café. Tanto, que en mis tiempos de estudiante de cine, llegue casi a tener una oficina en el bar que había junto a la escuela. Allí me citaba con otros estudiantes que café tras café querían convencerme de que el corto que estaban preparando, y en el que querían que me encargase de la dirección de fotografía, era sin duda el mejor proyecto de aquella promoción y merecedor, sin duda, de todo mi tiempo.
     





     Nada más llegar a Noruega, me di cuenta de que aquel café de puchero y sobremesa, que compartía con mi madre en la cocina, ascendía al grado de delicioso si lo comparaba con el agua oscura y sin vida que se sirve aquí en cualquier sucedáneo de panadería;  el mismo que te ofrecen y ofrecen y ofrecen en cualquier reunión del tipo que sea. 
     Conociendo, y habiendo fomentado, mi afición por el café, mi madre me trajo en su primer viaje una cafetera nesspreso. Al menos, ahora, puedo tomar un buen café cada mañana, antes de salir de casa o cuando regreso después de limpiar la farmacia, entre una entrega de paquetes y otra. No soy de los que se confiesan "no persona" hasta no haberse tomado uno o dos cafés, para nada. Puedo pasar perfectamente todo el día sin tomar ni siquiera un sorbito. Pero sí que soy de los que no conciben un café con prisa, en realidad ni un café, ni una copa, ni casi nada. Soy de los que ven en la prisa un irreconciliable enemigo de la felicidad. 

     Aunque el nesspreso está rico, obviamente no es lo mismo. La publicidad que dice que es como el de una buena cafetería es sólo eso: publicidad. Por eso, cuando viajo a Barcelona siempre me doy el pequeño capricho de disfrutar de un buen café. Y allí, uno de mis lugares preferidos es el Francesco de Paseo de Gracia. 




     Me decía mi amigo David un día que, después de haber probado el café en un pueblecito de Colombia, nada de lo que pudiese tomar en Barcelona le parecía que fuese un buen café. Es muy probable que tenga toda la razón, pero el hecho es que, como ni he viajado a Colombia ni tengo planes de hacerlo en un futuro próximo;  mi mejor café del mundo es el Blue Mountain.  Como tampoco tengo planes de viajar a Jamaica, me conformo con el que sirven, en una taza diminuta y hasta no más de la mitad, en Francesco.





     Cuando conocí a Erik, hace algo más de cinco años ya, me llevó a un chiringuito de playa y me hizo comprarle un "Blanco y negro". Se suponía que tenía permiso para beber café. En cuanto Nathaly y Kevin se unieron a nuestra mesa de paseo marítimo en Lo Pagan, Nathaly miró entre extrañada, divertida y enfadada lo que estaba tomando su hijo.  Erik se limitó a decir: "me lo ha comprado Javier". 

     Poco más de cinco años después, Erik está a pocos días de cumplir los 16 y, ahora que tiene permiso para tomar café algunos días, parece que con disfrutar del privilegio ya le es suficiente. Ahora que va creciendo, muchas veces hablamos de café y vino (para lo segundo, todavía no tiene permiso). En el próximo viaje a Barcelona, le tengo prometido una taza, diminuta eso sí, del mejor café del mundo. Kevin está más o menos en la edad en que conocí a Erik, por lo que es fácil deducir que no tiene el permiso-café vigente y además, de momento, no tiene ningún afán por saltarse la regla. 

     No sé cuanto se demorará nuestra próxima visita a Barcelona, pero ya tengo reservados en la barra (recuerden que es más barato) tres asientos. Aunque Kevin no pueda o no quiera tomar café, bien puede tomarse el Cacaolat que tanto le gusta. Nathaly y Matías creo que optarán por la opción mesita y, desde allí, mirarán como disfrutamos de nuestro café. 




     Si algún familiar o amigo íntimo conociese en Córdoba un lugar donde sirvan Blue Mountain, estoy seguro de que Erik prefería probarlo esta Navidad y dejar el Francesco para más adelante. Erik es de los de "más vale pájaro en mano..."



sábado, 7 de diciembre de 2013

Sagrada Familia





     Sagrada Familia ha sido, durante 11 años, mi barrio en Barcelona. Desde Bailén con Diagonal, hasta Mallorca con Padilla, y pasando por Marina y Provença; siempre he orbitado en torno al templo inacabado de Gaudí. Hubo momentos en los que me tentó la idea de mudarme a Gracia o a la Barceloneta. Sin embargo, hasta esta última mudanza fuera de Barcelona, de Catalunya, de España; seguí viviendo en Sagrada Familia.

     Ha pasado poco más de un año desde nuestra última visita. Hace un año viajamos a Barcelona para celebrar nuestro aniversario. De vuelta, tenía la intuición de que éramos tres los que hacíamos el viaje de regreso. Pocas semanas después se confirmó la intuición, y hoy regresamos a Barcelona junto a Matías. 




     Yo fui el primero, pero durante unos años toda mi familia vivió en Sagrada Familia. Mi hermano inició el camino de regreso a Córdoba, hace pocos meses le siguió mi madre, y todos deseamos que pronto haya una etapa más en ese retorno. 

     Matías está a punto de cumplir 5 meses, obviamente es muy pequeño, y de este primer viaje no le quedará recuerdo alguno más allá de estas líneas y fotografías. Cada mañana pasamos delante de La Sagrada Familia para coger el metro. Cada mañana en el corto trayecto desde el hotel al metro, Matías se queda dormido.




     Si no me falla la memoria, en sólo dos ocasiones visité el interior del templo: la primera con mi madre, aprovechando una visita gratis de primer o último domingo de mes, la segunda acompañando a mi amigo Fernando. Nathaly y yo, vistas las enormes colas de turistas que siempre rodean el monumento, hemos ido aplazando la visita año tras año. 

     Aunque toda la familia se mudase a Córdoba, volveremos a Barcelona en más de una ocasión. Nathaly y yo tenemos buenos recuerdos, algunos amigos y algunas visitas pendientes. Quizá en el próximo viaje, Matías ya no se quede dormido tan pronto, y puede que en otro viaje, la cola y los turistas no nos asusten y entremos juntos a visitar La Sagrada Familia.




     Cuando Dios, el destino o algún santo tuvo a bien cruzar nuestros caminos, Nathaly se alojaba en el Hotel Sagrada Familia. Desde entonces, y ya han pasado 6 años, en cada visita a Barcelona nos alojábamos en el piso de mi madre en Mallorca con Padilla. Con el regreso a casa de mamá, el piso se alquiló y, ante la necesidad de buscar un hotel en Barcelona, decidimos que el mejor barrio y el mejor hotel posible para este primer viaje con Matías no podían ser otros. 




     Cada noche, al regresar al hotel, Matías se activa y canta y da grititos y rueda por la cama y no para de reirse. Matías está feliz y nosotros felices, felices de verlo crecer tan feliz. Este modesto, pero correcto, hotel de barrio ha sido su primer hotel.







     Quién sabe dónde estaremos dentro de veinte o treinta años, quién sabe si Barcelona será o no la capital de otro país, quién sabe si tus primos vivirán en el "país de Jaume" o en la tierra de Rocío... quién sabe tanto. Sé que, a pesar del turismo y la humedad, nos gusta volver a Barcelona, sé que te enseñaré un poco de catalán, porque no es difícil y porque es un idioma hermoso (hasta mamá ha terminado por cogerle cariño), sé que algún día, en un viaje de vuelta, veremos el cielo limpio de grúas en La Sagrada Familia.