jueves, 18 de julio de 2013

Amor de madre

   

     Así de tópico pero así de exacto fue como lo definió mi amigo Fernando en un mensaje de whatsapp.
     Qué otra cosa podría hacer que mi madre, tu abuela, una mujer que hasta hace pocos años confesaba preferir la "borriquita" a cualquier otro medio de locomoción, volase desde Málaga hasta Oslo.

   


     La imagen de arriba era para mí una imagen imposible. Era una imagen imposible porque yo he visto a mi madre, histérica, gritando que detuviese el coche cerca de Ronda y asegurando que ella ya llegaría andando, la he visto llorar en un coche subiendo a la sierra de Córdoba, también la he visto arrodillarse a mis pies con otro ataque de pánico en el vagón detenido del tren cremallera que sube a Montserrat y, es sabido que, muchos años atrás, mi padre tuvo que dar la vuelta antes de llegar a Sierra Nevada. 
    Esta imagen imposible se hizo posible el lunes 15 de julio a las 6.30 de la mañana.

     Aunque siempre dije que mi madre sólo tomaría un avión alguna vez en su vida por dos motivos de muy diferente significado: el nacimiento de un hijo mío o que yo sufriese un accidente o enfermedad más o menos grave; reconozco que, durante meses, le negué a mi madre la posibilidad de que pudiese viajar en avión para conocerte. No es que intentara desanimarla, simplemente es que en mi imaginación sólo cabían tres posibilidades: 
     a.- mi madre se da la vuelta en el "finger", antes de entrar al avión.
     b.- mi madre hace que el avión se de la vuelta y aterrice de nuevo en Málaga minutos después del despegue.
     c.- mi madre sufre un infarto durante el vuelo.

     A las 6.30 recibimos esta fotografía, a las 10.15 mi madre sale por la puerta de Gardemoen, Puerta Grande, Puerta del Príncipe para ella. Imposible contener las lágrimas. Mi madre, tu abuela, ha conseguido superar mucho más que sus miedos y su pánico para venir a verte, querido Matías.
    Tu abuela Matilde, mi madre, se merece un monumento porque ha conseguido hacer posible lo imposible, se ha ganado que este boludo hijo suyo nunca más se atreva a decirle que hay algo que no puede hacer. Perdón, mamá, por lo del carnet de conducir.
    Este viaje es amor de madre, amor de abuela. Ahora ya no tengo que pensar que en los próximos 20 años quizá pudiéramos viajar a España 2 veces al año y calcular con poco esfuerzo que esas serían exactamente las veces que, en los próximos 20 años, pudieses ver y tocar a tu abuela;  ahora sé que a esas posibles 40 visitas se suman las que ella podrá hacernos a nosotros.


     Querido Matías, queridos Erik y Kevin, recordad siempre aquella copla de Rafael de León que dice "A la madre de mi alma la quiero desde la cuna. Por Dios, no me la avasalles que mare no hay más que una y a ti te encontré en la calle". Yo sé lo que es amor de madre, yo sé cuánto os quiere vuestra madre.




     Hace dos años tu tito Jose, tu padrino, cruzó en coche media Europa para traerme a mi madre por unos días, ahora ha tenido el valor, que yo no hubiera tenido, de meterla en un avión y traerla a conocerte. Pocos minutos antes de volar sufría un terrible cólico nefrítico con el que recorrió arriba y abajo el aeropuerto de Málaga hasta que, a pocos minutos del despegue, consiguió que le inyectasen voltarol. Tu tío también se merece un monumento y que te cuente mil cosas de él que dejo para tu bautizo. 



viernes, 12 de julio de 2013

Matías


     Hoy, viernes 12 de julio de 2013, Matías acaba de cumplir su primera semana entre nosotros. Nacío en A-hus de Lørenskog el pasado viernes 5 de julio, sólo unos pocos días antes de la fecha prevista para su llegada. Poco menos de 9 meses atrás Matías empezó su viaje en Barcelona, curiosamente la ciudad en la que sus papás también comenzaron a caminar juntos unos años atrás. Para Matías el viaje que lo depositó en nuestros brazos, bajo nuestra protección y rodeado de todo nuestro amor, ha durado algo menos de nueve meses, sin embargo, sus papás hemos estado esperándole un poco más de tiempo. En estos dos últimos años ha habido lágrimas para llenar más de un cubo, muchas noches de tristeza y dolor y algún momento cercano a la desesperación, que no a la desesperanza.

     Este momento maravilloso de verte, tocarte, sentirte, nombrarte y abrazarte recompensa todo el llanto, todas las noches en vela, los dolores, el pánico, las visitas de urgencia a donde Kinne, las preocupaciones no confesadas y los temores mal disimulados. Bienvenido, querido Matías, gracias a Dios eres el regalo que tanto esperábamos. Mamá, papá, tus hermanos, abuelas y tíos somos felices, tremendamente felices y tenemos la certeza de que lo mejor está por llegar, de que nos quedan muchos años de viaje en tu compañía. 





     Al salir de la última visita a Kinne, ya sabíamos que tu llegada era inminente: mamá pensaba que llegarías durante el fin de semana y yo, tu papá, sólo deseaba que llegases bien y lo antes posible. Mamá lo había planeado todo a la perfección en su mente, había visualizado todos los detalles de tu llegada y el jueves incluso habíamos escenificado un ensayo general de la salida de casa.
     En la mañana del viernes todos los planes se vinieron al suelo y la salida organizada y con tiempo suficiente se convirtió en una carrera atropellada y nerviosa en la que tus hermanos fueron los únicos que mantuvieron la calma hasta el punto de no olvidar sus cepillos de dientes en el último momento.
      Eran casi las 7.30 de la mañana cuando al despertar, mamá, descubrió que había un poco de líquido en la cama. Te reconozco, querido Matías, que la coincidencia de ver un poco de sangre y de que tú estuvieses dormido en ese momento, nos hizo entrar pánico. Alocadamente desperté a tus hermanos y agradecí que nuestras cosas hubiesen quedado en el coche después de la prueba general del jueves. Gracias a que el agua azucarada, que mamá tomó en gran cantidad, te despertó, los cuarenta minutos que nos separan del hospital no se convirtieron en un infierno.
     Cerca de las 9.00 dejé a mamá en el hospital y corrí a dejar a tus hermanos al cuidado de tu abuela Teresa. De regreso al hospital, pocos minutos más tarde, estaba tan nervioso que me resultó increíblemente difícil explicarle al celador de qué color era nuestro coche. Nada más entrar a la habitación donde habían llevado a tu mamá, pude ver que su rostro estaba tranquilo y que tu corazón sonaba alto y claro. Maria era el nombre de la matrona que nos había tocado en suerte.
     Después de más o menos media hora monitorizando tu ritmo cardiaco, la matrona nos explicó que el parto en sí aún no había comenzado: mamá había "roto aguas" pero las contracciones aún no habían aparecido por lo que lo más recomendable era regresar a casa y esperar. En caso de que las contracciones no se iniciasen espontáneamente en los próximos días, el lunes provocarían tu nacimiento.

     Feliz por estar junto a tu madre, por tener ya a tus hermanos en casa de la abuela Teresa y por quedarnos a sólo unos minutos del hospital, deseé que nacieras lo antes posible, que tu llegada no se demorase hasta el lunes; quería tenerte en mis brazos y tenía la convicción de que probablemente esa misma tarde estarías ya con nosotros.
     Desayunamos junto a tus hermanos y paseamos por el centro comercial Metro, después fuimos a casa de tu abuela a esperar. Mientras nos horrorizaba el aspecto antiguo y caduco del programa estrella de la mañana en TVE -tu abuela Teresa es fan de la televisión pública española-, mamá empezó a sentir unas contracciones no demasiado dolorosas pero que se repetían cada 10 minutos y cuyo ciclo de repetición se iba acortando rápidamente. A las 13.36 no pude esperar más y casi tuve que obligar a tu mamá a salir para el hospital. Al despedirme de tus dos hermanos estaba seguro de que pocas horas más tarde ya podría anunciarles tu llegada.

     Tardamos pocos minutos en llegar al hospital y dejar el coche aparcado para quizá un par de días. A las 14.00 estábamos ya en la sala de observación, donde la comadrona Maria volvió a encargarse de controlar tu ritmo cardiaco y las contracciones de mamá. Cuando su turno se acercaba al final nos dijo que esta vez sí que veía claramente que el proceso de parto se había iniciado. En breve llegaría una nueva comadrona que nos conduciría hasta la sala de parto y se haría cargo de nosotros.

     Como tu mamá quería tener un parto natural y no aparenta para nada tener 41 años, al principio nos pusieron en el Tun A. Deshecho el error, entramos en la habitación del Tun B, la misma que habíamos visitado cuando estuvimos haciendo el cursillo de parto en el hospital. Las contracciones de mamá iban aumentando en intensidad y ya empezaban a ser bastante dolorosas. La música relajante y las nociones de "acupressure" que yo había aprendido la aliviaron un poco en estos primeros momentos.
     Es harto probable que haya más de un lector escéptico, pero yo no puedo dejar de señalar que en la aparición del comadrón José Zarazaga hubo mucho de ayuda de la Virgen o de conjunción planetaria cojonuda. Una vez todo había pasado, el propio comadrón vino a resumir este sentimiento: quién le iba a decir a un cordobés que conocería a una chilena maravillosa, se iría a vivir a noruega y allí tendría a su primer hijo asistido por un maño. Es obvio que algo de milagroso tiene que haber en el hecho de que la aparición, por sorpresa, de un comadrón español, solventase de un plumazo mi enorme problema lingüístico y cultural en el momento más importante de mi vida. 

     A partir de este momento todo se acelera hasta alcanzar una velocidad vertiginosa. Las contracciones empiezan a ser dolorosísimas y mamá las padece anclada a una camilla que le provoca claustrofobia. José lee su carta de deseos mientras controla tu ritmo cardiaco: nada de fármacos durante el parto y el deseo de que el nacimiento tenga lugar en una bañera. José hace un intento por convencerla de que abandone la idea de la bañera, utiliza para ello el argumento de que si el parto tiene lugar en la camilla, ella misma podrá sacarte con su ayuda. Intento nulo, mamá comienza a impacientarse y las contracciones a ser terribles. Después de un primer examen José nos dice que tú estás ya muy abajo pero que la dilatación es de sólo 5 cm. Llega el momento de entrar en la bañera, el agua y la música ayudan a soportar el dolor. José controla tu ritmo cardiaco y algunas contracciones más tarde le pide a mamá que vuelva a la camilla para comprobar cuánto ha dilatado. Hemos pasado de 5 centímetros a 9,5 y si nos descuidamos un poco, querido Matías, habrías llegado en el corto espacio que separa la odiosa camilla de la bendita bañera. Una nueva contracción y José se pone serio, le pide a mamá que en la siguiente se concentre y no deje escapar ni un suspiro, mamá lo consigue a medias, aunque no lo sabemos estás muy cerca, mamá sufre y protesta, necesita gritar, José le explica que necesita todo el aire, que nada puede escaparse en la contracción que se avecina, mamá toma aire, transpira, sufre, cambia el aire a la orden de José, yo veo asomar tu matita de pelo, miro a mamá, José te saca a la primera de forma magistral y te deja en brazos de mamá, yo lloro, lloro, lloro... soy inmensamente feliz.

     Cuando el cordón umbilical ha dejado de latir, José me da las tijeras y me indica cómo hacer el corte. Tengo puesta la camiseta que compramos en el bar "Tu momento" para apoyar a la Roja en la última Eurocopa: "Córdoba con la selección", José me pide que me la saque y te pone en mis brazos. Pienso en mi padre, tu abuelo, sé que te quiero tanto como él me quiso a mí y a tus tíos y le pido a Dios que me ayude a ser al menos la mitad del maravilloso padre que él fue conmigo.
     Estás en brazos de mamá, primeras fotos. Mamá expulsa la placenta y José me muestra la fabulosa casa que te ha alimentado y protegido durante nueve meses: el maravilloso árbol del la vida. Mamá está bien, sólo necesita un punto y ya está en pie haciéndonos fotos. 
     Has nacido a las 17.43, pesas 3.920 y mides 50 cm. El comadrón, movido tal vez por el patriotismo me revela un pequeño secreto que yo omitiré escribir pero que sí te contaremos a ti cuando seas mayor. 




     Toda la familia está feliz y emocionada, tus hermanos no pueden aguantarse las ganas y pocos minutos después de anunciarles tu llegada ya están en el hospital. Te separo de mamá unos instantes y, clandestinamente, te saco de la habitación para que tus hermanos y tu abuela Teresa puedan conocerte. Todos están de acuerdo en que eres precioso.
     El teléfono echa humo, los mensajes no dejan de entrar y salir. Hablo por teléfono con tu abuela Matilde, tu tío y padrino Jose, tu tía Rocío y mi amigo Fernando. Tu tía Gissella y tu tío Felipe hablan con mamá.
      Esta noche no puedo quedarme a tu lado, no tenemos habitación en el hotel. Gracias a José puedo quedarme en la habitación hasta algo más de las 23.00. Pasada la medianoche llego a casa de tu abuela. Tus hermanos están cansados y acalorados pero impacientes por tener noticias tuyas. Intento dormir en sofá cama junto a tu hermano Erik, Kevin duerme junto a tu abuela en su habitación. No consigo dormir. Tengo la cabeza en la habitación del hospital donde tú descansas junto a mamá. A las 7 de la mañana no puedo esperar más y decido ir caminando al hospital, el sol brilla, hace calor y no hay ninguna posibilidad de hacer una paradita para hacer tiempo y tomar un café hasta la hora de poder entrar a la habitación; por suerte mamá me llama por teléfono y me dice que puedo entrar antes de las 9.
     Has pasado la noche tranquilo y mamá no te ha quitado ojo ni un minuto. Está tan feliz! Desayunamos juntos y esperamos a que nos llame el médico. Te hacen un pequeño examen y comprueban que tu cadera está perfecta y que tus reflejos funcionan de maravilla. Tienes mucha fuerza en el cuello y haces el gesto de intentar levantar la cabeza. Estamos listos para que nos lleven a la habitación del hotel del hospital.

     Viajamos por los sótanos del hospital en una especie de carrito de golf. En el hotel nos dan la habitación 225. Antes de subir a la habitación aparece tu tía Gissella, trae muchísimas ganas de verte y de tenerte en brazos y algunos regalos de San Francisco que estrenarás en pocos meses. Tiene que trabajar está tarde pero intenta alargar en lo posible el rato junto a ti. Nos despedimos y subimos a la la habitación pero no tenemos ni tiempo para ducharnos, tu abuela y tus hermanos, los únicos con derecho a visitarnos en la habitación, llegan antes de lo previsto. Comemos juntos y casi con los postres llegan Felipe y Karoline, Waleska y Terje, entre los cuatro se reparten el tiempo educadamente y pasas por los brazos de todos. A las 19.00 quedamos solos. 

     Estamos tranquilos y felices en la habitación, mirándote embobados, ajenos al terrible susto que nos espera en la madrugada. Más o menos a las 3, después de que mamá te diera de comer, quedaste sin respiración al expulsar la mucosidad y líquido amniótico que tenías en el estómago. La secuencia es terrorífica: mamá intenta hacerte respirar y yo corro a tirar de la cuerdecita roja para avisar a las enfermeras. Querido Matías, es casi imposible encontrar las palabras necesarias para expresar el sentimiento de unos padres que ven a su hijo hecho una pelotita de rugby correr por un pasillo en brazos de una enfermera. Te ponen boca abajo y aspiran la mucosidad que queda en tu garganta, respiras y empiezas a descongestionarte. Me pongo a tu lado y te hablo, me miras y en ese momento terrible y mágico descubro lo que de verdad significa ser padre. Estás perfecto, tu mamá y yo respiramos aliviados y la enfermera comprueba que tu nivel de saturación de oxígeno es óptimo. Más lágrimas que se escapan. Lo que te ha ocurrido es algo normal y no debería volver a pasarte, ya has expulsado el líquido, todo está bien, pero yo no puedo dormir, no tengo sueño, sólo quiero mirarte, vigilar cada gesto tuyo y repetirte que soy tu papá, que estoy a tu lado y que todo está bien.

     Nos quedamos una noche más en el hotel y después de hablar con José por teléfono recuperamos la tranquilidad. Tú tía Gissella vuelve a visitarte el domingo. Por la tarde te damos tu primer baño y tienes tu primera llantina importante -cosa que en realidad a mi me tranquiliza porque tanta tranquilidad y relax estaba empezando a ponerme nervioso-. Gracias a José, la enfermera Karoline consigue que la sangrienta prueba del talón a ti te la hagan en la mano. Estás tan tranquilo y relajado después del baño que ni te enteras cuando te pinchan tu manito mientras tomas la leche de mamá. Tú has tenido suerte, pero es una pena que por ahorrar algo de dinero se haga sufrir a los bebés haciendo la necesaria y dichosa prueba en el talón en lugar de en la mano. 


     
     El lunes, mucho más tranquilos, abandonamos el hotel del hospital y, después de comer unas pizzas con tu abuela Teresa y tus hermanos, por fin te llevamos a tu casa. En las últimas semanas hemos trabajado duro para hacer algunos cambios con los que celebrar tu llegada.

     Ya estás en casa, mi pequeño, mamá y yo, como casi todos los padres y madres del mundo queremos lo mejor para ti, imaginamos el futuro y proyectamos en él todos los buenos deseos que somos capaces de imaginar. A papá que duda cabe de que le encantaría verte correr la banda del Bernabeu y celebrar algún gol, mamá no está tan de acuerdo con esta idea; o verte tocar con cierta soltura la guitarra cantando alguna canción propia entre algunos familiares y amigos íntimos con los que compartir un bonito espectáculo de luz y sonido, mamá tampoco está muy de acuerdo con esta idea; pero mamá y papá están muy de acuerdo en que desean darte lo mejor de sus vidas y de su conocimiento y que para ellos, para nosotros, lo más importante será ver que te has convertido en una buena persona.







     




   

lunes, 1 de julio de 2013

Ruiseñor del Adarve



     Aunque nací en Córdoba siempre me consideré y me sigo considerando "de pueblo" y, aunque viví 25 años en Córdoba, 11 en Barcelona y ya llevo 5 en Noruega, después de haber viajado por un puñado de países y haber disfrutado de infinidad de paisajes; es posible que todavía no haya encontrado o no haya sabido reconocer mi lugar en el mundo, pero sé que quedan tantas rutas nuevas por descubrir como oportunidades para regresar a los lugares que fueron cotidianos. 

     Mis padres nacieron en Fuente Tójar, un minúsculo pueblo de la Subbética cordobesa, tanto es así que ningún compañero del "cole" era capaz de ubicarlo en el mapa provincial, ni siquiera de reconocer su nombre. Para facilitar las cosas a los compañeros de trabajo, del "cole" y vecinos, optamos por decir que éramos de Priego de Córdoba, pueblo más grande y mucho más vistoso y reconocible. Esta mentirijilla tampoco distaba tanto de la realidad: Priego se encuentra a sólo 11 kilómetros de Tójar y para nosotros era inconcebible estar un fin de semana en Tójar sin pasar por Priego. 

    De pequeño, era tradición familiar ir cada sábado al mercado de abastos de Priego, aparcar en la calle del abuelo y hacerle una visita a los abuelos y la tita Carmen, subir hasta el Ayuntamiento, en más de una ocasión pasar por la peluquería de caballeros del pasaje y leer el As y escuchar del tiempo y la cosecha mientras esperábamos turno, desayunar los hojaldres de la cafetería Río o los churros frente al mercado, comprar la carne y el pescado en los puestos de toda la vida, donde nos conocían y preguntaban por la salud entre merluzas y solomillos, beber agua en la Fuente del Rey; quizá pasar por donde Zacarías, puede que una tapa de jamón y un vino donde Juanico Pelusa o una de cazón en Los colorines y una o dos docenas de dulces en La flor de mayo -los mejores dulces y los más baratos que he comido en mi vida-, un paseo por el barrio de la Villa si sobraba tiempo y otra visita a los abuelos antes de deshacer los 11 kilómetros que, cruzando las Angosturas, nos devolvían a Tójar.


Kevin con 5, 6 8 y 10 años


     Con los años de juventud, Priego se convirtió en el pueblo más bonito de Córdoba sin duda y, tal vez, en uno de los más bonitos de Andalucía; un pueblo para presumir y dar a conocer a los amigos del instituto y al único que sobrevivió del "cole". En casa del abuelo, faltando unos cuantos años para la mayoría de edad, probamos por primera vez el anís, un Machaquito seco -el dulce es para niñas- que nos destrozó las, todavía, tiernas gargantas al momento.
Con los amigos de El Cañuelo, llegó el "Priego de noche", los bares, las piscinas, el café en la Villa Turística, las fiestas de verano en las aldeas de los alrededores; también llegaron las primeras sensaciones de independencia y libertad: 22 kilómetros en bicicleta de carreras, ida y vuelta,  para jugar un partido de tenis y regresar sin descanso; 22 kilómetros amontonado en el Land Rover de "Chele y Juanma", un vehículo en el que parecía caber todo el mundo.


Erik con 10 y 15 años
    

 Después de un enorme vacío, una gran distancia y un montón de años sin pasar por Priego; regresé con Nathaly en una mañana fría de finales de abril; pocos meses después volvimos a asomarnos al Adarve, esta vez acompañados de Erik y Kevin y aquel mediodía de finales de junio dio comienzo una pequeña tradición cuando los críos descubrieron una pequeña estatua que da la espalda al Adarve: en cada nueva visita a Priego, después de un buen desayuno, después del buchito de agua en la Fuente del Rey, los dulces de La flor de mayo, la visita a alguna iglesia y el paseo por el barrio de la Villa, llegamos al majestuoso balcón del Adarve; a pocos pasos de la fuentecilla que le da inicio aparece la pequeña estatua de Joselito, el niño prodigio del cine de barrio con voz doliente de pequeño ruiseñor. De cada regreso a Priego queda una fotografía junto a "Joselito", un "Joselito" niño prodigio por siempre junto a Erik y Kevin, cada día más altos, dejando atrás la infancia de a poco. 

     "Joselito" quedó inmóvil, detenido en el tiempo y el lugar en el que fui tremendamente feliz, un lugar de regreso en el que la conjunción cósmica necesaria para hacernos coincidir de manera oportuna es bastante más fácil: "Joselito" queda inamovible de espalda al Adarve esperando una nueva fotografía. Erik y Kevin ya lo superaron, a partir de ahora Matías continuará la tradición que ellos empezaron y ojalá que no haya verano sin una nueva foto, sin un nuevo regreso a un lugar que, con los años, bien podría ser mi lugar en el mundo.


Nathaly con Matías y Javier


     En esta casa noruega no faltarán, en sábado o domingo, sesiones de cine de barrio, con Marisol, con Pepe Isbert, con Paco Martínez Soria, con Tony Leblanc y, por supuesto, con Joselito.


                               




viernes, 7 de junio de 2013

Carola

     Desde que vivo en Noruega tengo la costumbre de mirar la programación del Gran Teatro de Córdoba con cierta frecuencia. Esta costumbre encierra un pequeño acto de masoquismo y su utilidad suele ser ninguna ya que nuestras posibilidades de viajar a Córdoba fuera de las fechas típicamente vacacionales son casi nulas. Además, por más que me esfuerce en recomendar algún espectáculo a mi hermano o a mi madre - yo iría al Gran Teatro casi a diario, no en vano en unos años mediocres y tristes en Córdoba, sus butacas de "paraíso" se convirtieron para mí en un refugio perfecto y asequible - no consigo que se acerquen a la taquilla y saquen un par de entradas.

     La mañana del sábado 19 de enero,  Kevin saltó del sofá cuando me oyó dar gritos de alegría y saltar y bailar por todo el salón a una hora en la que él no sabía que el Madrid estuviese jugando. El motivo de mi estado de euforia se debía al descubrimiento de que Ismael Serrano actuaría en el Gran Teatro el día 22 de marzo, viernes de dolores y día en el que nosotros ya estaríamos en casa, preparados para pasar nuestra segunda Semana Santa consecutiva y esta vez acompañados por Erik y Kevin. De inmediato llamé a mi hermano, a mi hermana y a mi madre para compartir con ellos mi alegría. Debo reconocer que la noticia les dio bastante igual y que me quedé compartiendo mi alegría conmigo mismo, porque, a decir verdad, Kevin tampoco me acompaño demasiado en mis alegres piruetas por el salón de casa. Una vez compradas las cuatro entradas para la segunda fila -en primera no quedaban- salí volando a la farmacia para darles la sorpresa a Nathaly y Erik. En este punto debo reconocer que la sorpresa se la di, pero más por entrar gritando en la farmacia que por el anuncio de la conjunción planetaria imprescindible para que, tantos años después, un concierto de Ismael Serrano aconteciese en lugar y momento oportuno.


     Es la tercera vez que Nathaly pisa el Gran Teatro y, siendo sincero, de momento la suerte no la acompaña: el concierto de Gospel de Navidad le resultó aburridísimo y, justo un día antes del concierto de Ismael Serrano, descubrimos que todo un gran coro de Ucrania es capaz de perderse en Córdoba, llegar tarde al concierto y hasta traer a algún componente con, quizá, alguna copita de más. Tendremos que comprar el CD de Carmina Burana para comprobar si al tenor en cuestión se le fue la mano con el fino cordobés o su tremendo "gallo" fue producto de una magnífica interpretación, siguiendo el método "stanislavsky",  de un borrachito feliz.

     Yo, todas estas cosas, las perdono con suma facilidad. Como señalé un poco más arriba: en los años oscuros, atrapado entre el código civil, el penal, la ley de enjuiciamiento, el derecho administrativo y algún catedrático misógino y fascista; el Gran Teatro y la Filmoteca de Córdoba resultaron lugares en los que emprendí la huída a Nunca Jamás y tomé impulso para el futuro.

     Fue Javier Bergia, el gran Javier Bergia - como suele presentarlo Ismael Serrano en sus conciertos -quien desde el mismo escenario del Gran Teatro animó a su propio público a acudir al concierto de Ismael Serrano al día siguiente. Atrapados en azul acababa de publicarse y Javier Bergia hablaba con pasión de este nuevo y joven cantautor, quien a su modo de ver hablaba en sus canciones de las cosas que importan, de las cosas que nos quieren hacer creer que ya no importan, de nosotros, de quienes fuimos y del peligro de convertirnos en quien nunca soñamos en nuestra infancia.


 
     Después de aquel primer concierto llegaron muchos otros, en Córdoba o Barcelona, en acústico o con toda la banda, a veces incluso, conciertos de la misma gira y, aún en este caso, siempre salí con la certeza de haber presenciado un espectáculo único.
     En mis primeros años en Barcelona, reconozco haber dado el coñazo a diestro y siniestro a los recién conocidos - a los familiares y amigos íntimos ya llevaba un tiempo dándoles el mismo coñazo - con las canciones de Ismael Serrano. Hasta conseguí, en aquellos primeros meses de exilio voluntario, que mi amigo David me acompañase alguna vez en una desafinada pero emotiva versión de "Últimamente". Precisamente a David tengo que agradecerle el regalo de gestionar que pudiese grabar y verlo tocar de cerca en un acto promocional en el FNAC de Plaza Catalunya. La última vez que le vi, antes de este reencuentro en Córdoba, la conjunción planetaria o la buena voluntad de algún santo había tenido a bien hacer coincidir su concierto en el Auditori con la presencia de Nathaly y esta primera visita que lo llenó todo hizo que se me escapase un delator "cariño" a destiempo y que, con algunos años más y bastante menos pelo siga disfrutando los Sueños de un hombre despierto.



     Irremediablemente, los años han seguido pasando, si bien el pelo que quedó de momento parece querer mantenerse;  cuarentón, con dos niños creciditos y un bebé en camino, regreso al Gran Teatro con la misma ilusión de las primeras veces.
     Empieza, Ismael, citando y desobedeciendo a Sabina, por aquello de que "uno nunca debería regresar a los lugares en los que ha sido feliz". Me consta que, desde los tiempos en que la ciudad de Córdoba era la única capital de provincia con un ayuntamiento gobernado por IU, el cariño entre el publico cordobés que llena el Gran Teatro y el cantautor de Vallecas es recíproco.
     Avisa, Ismael, que sus conciertos suelen ser largos. Una chica de La Rambla llega tarde y se lleva la regañina desde el escenario y el privilegio de convertirse en protagonista improvisada de las pausas entre canción y canción. A pesar de la que está cayendo o quizá por la que está cayendo, Ismael habla menos de política, pasa de puntillas por la crisis como pensando que bastante tenemos ya con escuchar cada día las tristes noticias de este país cada día más triste. Se permite, incluso, hacer chanzas sobre algunos comentarios con bastante mala leche que le han twiteado, un ejemplo es aquel que sostiene que si te guardas un CD de Ismael Serrano en el bolsillo se te duerme la pierna.
     Tres horas y cuarto de concierto que a mí se me hacen cortas pero que, para Erik, son demasiada dosis de Serrano en un día. Kevin no puede entender que la gente pida otra y aún menos que, si te han pedido otra, tú salgas y cantes dos; y ya el colmo es que la gente vuelva a pedir otra: de verdad que no se cansan? Nathaly me dice que Matías no dejó de moverse en todo el concierto, quizá le gustó, pero también es posible que estuviésemos demasiado cerca de los altavoces.

     En la foto que sigue, no puedo evitar echar de menos al gran Javier Bergia y a Fredi Marugan.



     Era la Festa del Partido Comunista de Barcelona, Avant 98, Ismael Serrano compartía tarde de escenario en el Parc de les Tres Xemeneies con el chileno Daniel Viglietti (en un principio se anunciaba la presencia de Silvio Rodríguez, pero al parecer, herido por las flechas de Cupido, declinó la invitación  a última hora y decidió no salir de Cuba).
     En aquella tarde de junio, Ismael ya había publicado su segundo trabajo, La memoria de los peces; cuando abandonó el escenario por vez primera sólo le quedaban dos canciones por cantar: Caperucita y Ana. El público asistente, fiel seguidor del, en aquel tiempo joven cantautor vallecano, pedía otra y coreaba el título de las dos canciones olvidadas; Ismael regresó al escenario y cantó Caperucita, volvió a despedirse y el público clamó: Ana, Ana, Ana... Cuando el joven Ismael volvió al escenario, levantó su mano y se despidió; yo juraría haber intuido el brillo de unas lágrimas incipientes en su mirada. Ismael abandonó el escenario sin cantar Ana. Uno más, entre el público entregado de los conciertos de los años siguientes, siempre estuve esperando a "Ana" y, muchos años más tarde, en el Auditori de Barcelona, le escuché decir en un bis, tras la petición insistente del público: "ahora puedo volver a cantarla". Con la letra de la canción y el silencio mantenido durante años por el, ya menos joven, cantautor y, sobre todo, con el momento en que "Ana" volvió a la vida en su voz;  inventé una historia que, al no haber podido comprobar su certeza, omito en estas líneas. En cualquier caso, cierta o no, más o menos alejada o próxima a la realidad, la historia de "Ana" en la letra de una canción, el silencio de un artista, el paso del tiempo, quizá el perdón o el reencuentro con el que uno fue o... es una historia que me acompañó durante un buen tiempo.

     Con los cuarenta ya cumplidos, ocupando mi butaca de la segunda fila, veo que el tipo que tengo delante agita un sobre amarillo, desde el escenario Ismael percibe la llamada anónima, al terminar un tema se dirige al desconocido y le pregunta si quería entregarle algo. El tipo de la primera fila le entrega el sobre y le dice que ya intentó dárselo en su concierto en Málaga y que cumple con ello una promesa. Ismael recoge el sobre y agradece el gesto, aunque desconoce el contenido que esconde el regalo.
Después del siguiente tema Ismael le dice al desconocido de la primera fila: "Así que cumpliendo una promesa". El tipo le dice que es argentino pero que lleva 8 años en Córdoba; "medio cordobés entonces", le dice Ismael. Cuando le pregunta de qué parte de Argentina, se produce un diálogo confuso porque el desconocido parece nervioso y manifiesta ser de Mendoza y de la Córdoba argentina; como esto es imposible, termina aclarando que nació en Mendoza pero estudió en Córdoba. "Cómo el Che, no? o era al revés? pregunta Ismael y recuerda a la la buena gente y los buenos tiempos que pasó aquellas ciudades. El desconocido toma impulso y le pregunta a Ismael si recuerda a Carola. En el teatro se hace el silencio. "Carola, de acá o de allá", pregunta el músico. "De allá" responde el desconocido. Ahora el silencio es más intenso y la frase: "hay una niña, se llama Carola, tienes tres añitos", estalla en el patio de butacas. El concierto, largo, brillante, especial -presencia del cantautor sevillano Manuel Cuesta incluida- continúa, pero Ismael no vuelve a hablar con el desconocido. Desde mi posición privilegiada de segunda fila espío cada movimiento, cada detalle, cada gesto del desconocido que tengo delante; éste canta cada canción de Ismael y no deja de aplaudir en todo el concierto; ha cumplido una promesa, una promesa que todo el teatro desconoce, pero con la que ahora especulan todo el publico. Termina el concierto, al final del primer bis, Ismael regresa corriendo al escenario y, sin disimulo, retira el sobre de entre sus partituras y saluda con gesto amable y concentrado al desconocido de la primera fila. Terminó el concierto, regreso a casa sin el deseo de adivinar el contenido de aquel sobre amarillo que ahora estará leyendo el ya maduro cantautor. Quedo a la espera de una futura canción que me cuente la historia de Carola, de aquel sobre amarillo y de aquella noche en Gran Teatro de Córdoba.



     De regreso en Noruega descubro que Ismael Serrano ha publicado una "Edición especial vespertina" de Todo empieza y todo acaba en ti. De cada lugar que visitamos, Erik colecciona vasos de chupito y Kevin, dedales, a mis sobrinos Christian y William les regalamos pins y a Quim le voy juntando llaveros. Al llegar a su fin estos días en Córdoba, Nahtaly y yo decidimos empezar para Matías una colección de música. Erik y Kevin tienen montones de vasos de chupitos y dedales, Matías de momento sólo tiene dos CD: Tierra de Vicente Amigo y Última Gira de Carlos Cano. En el próximo viaje a España, si no se nos adelanta algún familiar o amigo íntimo, sumaremos esta "Edición especial vespertina" a la pequeña colección de nuestro pequeño Matías.

     Tengo la esperanza de que Matías herede o aprenda algunos de mis gustos y unas pocas de mis fobias. Confío en que se acostumbre a la voz de Ismael y a la voz de su padre desafinando alguna de sus canciones, me gustaría que algún día, quizá Nathaly y yo cincuentones y Matías niño; las leyes del universo o algún santo benévolo tuvieran a bien hacernos coincidir en lugar y hora oportuna con un concierto de Ismael Serrano.

     En Córdoba, Ismael no cantó "Luces errantes", quizá sin las voces de los niños palestinos no tenía sentido.

www.luceserrantes.com





martes, 21 de mayo de 2013

Se buscan héroes.

Afirma Javier Cercas en su "Anatomía de un instante" que: "Ningún español que tuviera uso de razón el 23 de febrero de 1981 ha olvidado su peripecia de aquella tarde, y muchas personas dotadas de buena memoria recuerdan con pormenor -qué hora era, dónde estaban, con quién estaban- haber visto en directo y por televisión la entrada en el Congreso del teniente coronel Tejero y sus guardias civiles, hasta el punto de que estarían dispuestas a jurar por lo más sagrado que se trata de un recuerdo real. No lo es: aunque la radio retransmitió en directo el golpe, las imágenes de televisión sólo se emitieron tras la liberación del Congreso secuestrado, poco después de las doce y media de la mañana del día 24..."

Reconozco que la lectura de este párrafo fue para mí un alivio porque, aunque a la edad de nueve años no sé si podría considerarme o no un "español que tuviera uso de razón"; sí que poseía el recuerdo perfecto de haber visto en la calle, rodeando el cordobés cuartel de Lepanto una hilera de militares jóvenes que, metralleta en mano, mantenían el rostro impasible ante las miradas de ingenua curiosidad que los críos les dedicábamos. Es más, juraría recordar incluso que nos habían dejado salir antes de clase por motivo del golpe. El caso es que ese recuerdo infantil se fue aferrando a mí o, tal vez, fui yo el que me fui aferrando a él con el paso del tiempo. Hasta creía recordar el momento en que, Don Francisco Molina daba por terminada la clase y nos dejaba salir antes de la hora para que llegásemos a casa lo antes posible, porque algo gordo estaba pasando. El recuerdo se fue solidificando en el fondo de mi memoria y no fue hasta hace un par de años cuando, con motivo del 30 aniversario del golpe,  viviendo ya en Noruega y leyendo el libro de Javier Cercas; caí en la cuenta de que había algo que no encajaba en esta historia. Mi recuerdo de caminar, como en un travelling, mirando en primer plano las metralletas a las puertas de Lepanto seguía siendo un recuerdo perfecto, pero la realidad era que nuestro horario lectivo terminaba a las 17.30 y que el teniente coronel Tejero y sus guardias civiles irrumpieron en el Congreso a las 18.30. Con estos dos datos horarios es fácil deducir que ningún profesor nos dejó salir antes de clase, que aquella tarde del 23-F de 1981 caminé a casa como cualquier otra tarde de la semana, probablemente acompañado por mi abuelo; aunque de él no consigo acordarme, porque por mucho que rebusque en mi recuerdo, ahora claramente imperfecto, sólo consigo ver como en un travelling una hilera de soldados en el perímetro de Lepanto y un montón de primeros planos de las metralletas que sostenían.

Javier Cercas sí parece guardar un recuerdo perfecto y sincero de aquella tarde, afirma así que: "Yo había sido un héroe porque aquella tarde, después de enterarme por mi madre de que un grupo de guardias civiles había interrumpido con las armas la sesión de investidura del nuevo presidente del gobierno, había salido de estampida hacía la universidad con la imaginación de mis dieciocho años hirviendo de escenas revolucionarias de una ciudad en armas, alborotada de manifestantes contrarios al golpe y erizada de barricadas en cada esquina; yo no había sido un héroe porque la verdad es que no había salido de estampida hacia la universidad con el propósito intrépido de sumarme a la defensa de la democracia frente a los militares rebeldes, sino con el propósito libidinoso de localizar a una compañera de curso de la que estaba enamorado como un verraco y tal vez aprovechar aquellas horas románticas o que a mí me parecían románticas para conquistarla; nadie había sido un héroe porque, cuando aquella tarde llegué a la universidad, no encontré a nadie en ella excepto a mi compañera y a dos estudiantes más, tan mansos como desorientados: nadie en la universidad donde estudiaba -ni en aquella ni en ninguna otra universidad- hizo el más mínimo gesto de oponerse al golpe; nadie en la ciudad donde vivía -ni en aquella ni en ninguna otra ciudad- se echó a la calle para enfrentarse a los militares rebeldes: salvo un puñado de personas que demostraron estar dispuestas a jugarse el tipo por defender la democracia, el país entero se metió en su casa a esperar que el golpe fracasase. O que triunfase".

A mí, mi corta edad -la mitad de los años que tenía Javier Cercas cuando había salido de estampida hacia la universidad- me salvó de no ser un héroe y me salvó, sobre todo, de saber que mis padres -como los padres de todos mis compañeros de clase- tampoco fueron héroes aquella tarde. Mis padres, como casi todos los padres de aquella España del inicio de los ochenta,  permanecieron toda la noche en vela, esperando noticias en la radio, con pocas luces encendidas en la casa, con muchos paseos del salón al dormitorio, con el miedo de que todo volviera a ser igual que antes o con el miedo de que todo cambiara otra vez.

Nadie o casi nadie fue un héroe aquella tarde, aquella noche larga; pero seguro que son muchos los padres, los adolescentes, los abuelos de aquella España del final de la transición,  que creen recordar que en alguna conversación con un familiar, con un vecino de escalera, compartiendo un pitillo con un compañero de trabajo, o de universidad, en el apresurado camino a casa; pronunciaron algunas palabras a media voz o gesticularon con algo de teatralidad impostada contra los golpistas, contra esta vergüenza de país incapaz para la democracia. Después del golpe casi todo el mundo estuvo contra el golpe, casi todo el mundo olvidó que sólo unas horas el miedo les había paralizado, después del golpe casi todo mundo justificó su inactividad apelando a la imposibilidad de que una "charlotá" como la del teniente coronel Tejero tuviera éxito, lo cual hacía innecesaria la salida a la calle en defensa de una libertad y democracia, que fracasado el golpe, casi todo el mundo juzgó nunca corrió peligro. Mi corta edad me salvó de no ser un héroe aquella tarde y me salvó, sobre todo, de tener que inventar un recuerdo -más allá de la inocente salida de clase antes de tiempo- que me acercase a la categoría de casi héroe por un instante, por una frase a media voz o por un gesto teatral.

Sin embargo, estoy convencido de que algunos de los protagonistas de aquel instante, que con tanta maestría disecciona Javier Cercas, se creyeron héroes en algún momento; puede que, si nos dejamos llevar por alguna de las muchas y subjetivas definiciones de héroe que podemos recordar, nosotros mismos encontremos rastros de heroicidad en alguno de los protagonistas de aquel instante.

Quizá Suarez, Gutiérrez Mellado y Carrillo se creyeron héroes porque no se tiraron y porque vieron como el resto de diputados sí se ovillaba, cuerpo en tierra, en un vano gesto de protección contra las balas que silbaban camino del techo del Congreso. Si las balas hubiesen buscado el cuerpo de Sus Excelencias, de poco o nada habría servido la madera del escaño que ejercía de improvisada trinchera.

Suarez no se fue al suelo porque un Presidente del Gobierno no se tira. Carrillo, quizá desobedeció el humano instinto de protección, pensando que el Presidente del Partido Comunista tampoco se tira. El General Gutiérrez Mellado recordó, quizá,  que cuando tenía 24 años se puso del lado de los golpistas para intentar derrocar un gobierno legítimo y un sistema democrático similar al que ahora le tocaba defender.
El posible que el Rey se creyese un héroe aquella noche porque su intervención fue decisiva para frustrar el golpe, y así lo creyó una gran parte del pueblo español que no dudó en proclamar al día siguiente su adhesión a la Corona por el coraje y la vocación democrática que el Monarca había demostrado en las largas horas en que el Congreso estuvo secuestrado.
Incluso el Teniente Coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, se creyó un héroe en su papel de defensor de la patria y puede que aún más, cuando se vio abandonado por todos los que lo habían animado a ejecutar el golpe, el giro de timón, el corte de bisturí imprescindible para recortar la recién estrenada democracia.
Quién sabe si, al mediodía del 24-F, ya con el Congreso liberado y en mitad de la euforia de la liberación, nuestros padres, hermanos mayores, abuelos... también se sintieron héroes por haberse quedado en casa sin rescatar de algún viejo baúl viejos retratos y símbolos infames, sin haberse esforzado mucho por recordar la letra de un himno militar que aprendieron de memoria y recitaron tan obligados como indiferentes en sus mañanas escolares.

Javier Cercas cita un diálogo con Roberto Bolaño en "Soldados de Salamina" preguntándose qué es un héroe: "No lo sé -dijo-. Alguien que se cree un héroe y acierta. O alguien que tiene el coraje y el instinto de la virtud, y por eso no se equivoca nunca, o por lo menos no se equivoca en el único momento en que importa no equivocarse, y por lo tanto no puede no ser un héroe, quien entiende, como Allende, que el héroe no es el que mata, sino el que no mata o se deja matar. No lo sé. Qué es para ti un héroe?
                  No lo sé. John Le Carré dice que hay que tener temple de héroe para ser una persona decente.
                  Sí, pero una persona decente no es lo mismo que un héroe -replicó en el acto Bolaño-. Personas decentes hay muchas; son las que saben decir no a tiempo; héroes, en cambio, hay muy pocos. En realidad, yo creo que en el comportamiento de un héroe hay casi siempre algo ciego, irracional, instintivo, algo que está en su naturaleza y a lo que no puede escapar. Además, se puede ser una persona decente durante toda una vida, pero no se puede ser sublime sin interrupción, y por eso el héroe sólo lo es excepcionalmente, en un momento o, a lo sumo, en una temporada de locura o inspiración. Ahí está Allende, hablando por Radio Magallanes, tumbado en el suelo en un rincón de La Moneda, con la metralleta en una mano y el micrófono en la otra, hablando como si estuviera borracho o como si ya estuviera muerto, sin saber muy bien lo que dice y diciendo las palabras más limpias y más nobles que yo he escuchado nunca."

El problema hoy no es que andemos faltos de héroes, que de éstos nunca sobraron, el verdadero problema es que estamos empezando a quedarnos sin personas decentes. Cuando el ciudadano se queda sin opciones de voto, porque tristemente ha llegado a la conclusión de que sólo está eligiendo el color e ideología de los que harán todo lo contrario a lo que prometieron, de los que intentarán sacar el máximo provecho de su cargo siempre en beneficio propio; cuando alguien se ve estafado por el "directorcillo" de la entidad bancaria donde depositó los ahorros de toda su vida, al que consideraba poco menos que un amigo y presumía de tratar por su nombre de pila; cuando el obrero ve al empresario descapitalizar su empresa, desviar fondos, pagar comisiones, lucrarse en tiempo de crisis; sólo le quedan dos opciones:  convertirse en un pequeño héroe que se rebela, que se amotina, que denuncia, que protesta, que busca soluciones, que se pone de parte del débil, que acampa en una plaza, que se incinera, que se arroja por un balcón... o convertirse él también en una persona indecente que busca desesperadamente hacerse con el último paracaídas sin importarle lo que le ocurra al resto del pasaje.

En 1989 publicó un texto de Hans Magnus Enzensberger, se titulaba "Los héroes de la retirada" y en él exponía un modelo de héroe que lo es por traicionar un modelo en el que hasta ahora creía o del que hasta ahora formaba parte, bien por descubrir la injusticia del mismo, bien por la necesidad de buscar un nuevo modelo para construir un futuro mejor. Javier Cercas hace referencia a los "héroes de la retirada" y piensa que Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo bien pudieron serlo, ya que todos ellos traicionaron parte de sus ideales, hasta se traicionaron en parte a sí mismos, para desmontar el franquismo, para conseguir una democracia imperfecta, pero una democracia factible en un país con una larga historia de convulsiones políticas y golpes de estado, en un país que acababa de dejar atrás una dictadura que a veces pareció eterna.

Transcribo de Anatomía de un instante el siguiente párrafo referente a la Transición: "Hablando en general, al transición -el periodo histórico que conocemos con esa palabra equívoca, que sugiere la falsedad de que la democracia fue una consecuencia ineluctable del franquismo y no el fruto de una voluntariosa e improvisada concatenación de azares facilitada por la decrepitud de la dictadura- consistió en un pacto mediante el cual los vencidos de la guerra civil renunciaron a ajustar cuentas por lo ocurrido durante cuarenta y tres años de guerra y dictadura, mientras que, en contrapartida, tras cuarenta y tres años ajustándoles las cuentas a los vencidos los vencedores aceptaban la creación de un sistema político que acogiese a unos y otros y que fuese en esencia idéntico al sistema derrotado en la guerra civil. Este pacto no incluía olvidar el pasado: incluía aparcarlo, soslayarlo, darlo de lado; incluía renunciar a usarlo políticamente, pero no incluía olvidarlo".

Aunque sea necesario pasar página, aunque sea imprescindible la renuncia al ajuste de cuentas, aunque empiece a ser tarde para remover el pasado de los vencedores y sus herederos; es vital conservar la memoria. Porque el peligro no reside en olvidar los detalles, las horas, las fechas, algunos nombres... el drama es repetir los errores, lo injusto es olvidarse de aquellos que de verdad se jugaron el tipo, de aquellos que perdieron la juventud, la familia, el futuro o la vida para defender la justicia.

Ahora, más que nunca, necesitamos héroes, incluso héroes en retirada, que den un paso adelante para buscar un futuro más justo y equitativo, que den un paso atrás para renunciar a privilegios heredados, para renunciar a una corona, para renunciar a un sobre corrupto, para renunciar a una la idea "única" en que se organiza un territorio y las personas que lo habitan.
Es necesario que la generación que no vivió la transición, que no vivió la noche del 23-f, que no fue salvada por el Rey, se haga oír y busque nuevas fórmulas de convivencia, un modelo de representación donde no sea tan fácil para los poderosos estafar a los ciudadanos, donde no sea una utopía querer y poder ser una persona decente.

Además de necesario, es un enorme placer leer a Javier Cercas.








miércoles, 1 de mayo de 2013

Rømskog Spa & Resort


En mis años en Barcelona, convertido ya en un buen cámara y, poco tiempo después, en un aprendiz de realizador, descubrí que la mejor manera de viajar es, sin duda, trabajando. La ventaja, además, de un trabajo como el mío, es que la gente te abre sus puertas y también sus vidas y te muestra paisajes y te cuenta historias que, de cualquier otra manera, serían muy difíciles de ver o escuchar.

Fue trabajando, como Madrid se convirtió en una ciudad familiar a la que cada año en fecha indeterminada y siempre por pocos días tenía que peregrinar desde Barcelona, fue así que atravesé el sur de Francia y el norte de Italia hasta llegar a Auschwitz, como aterricé en Nepal, como crucé el Estrecho para pasar un mes en Larache, como descubrí Euskadi o como recorrí Catalunya, pueblo a pueblo, en más de cien viajes.

Trabajando tomé un avión por primera vez, por primera vez conduje una furgoneta por media Europa, volé en parapente, en globo, hice rafting, aprendí cómo se fabrican montones de cosas, escuché lenguas que no entendí y vi cosas que comprendí a la primera. Trabajando he visto mundos muy distintos para descubrir cuánto nos parecemos los seres humanos más allá de los colores y costumbres que nos adornan.

Cuando regreso a España, suelen preguntarme por la belleza y espectacularidad de los fiordos noruegos, obligándome de inmediato a reconocer que no he visto los famosos fiordos mas que en fotografías o programas de televisión. Vivo en Noruega, pero no soy turista. De momento los fiordos, el Cabo Norte, Laponia... tendrán que esperar. Todavía pienso que me gusta viajar trabajando, conservo intacta la capacidad de asombro y disfruto cada oportunidad que me da la cámara para conocer algo nuevo, para descubrir la historia de un lugar.

En Noruega me tocó empezar de nuevo y nuestros trabajos, por el momento,  apenas nos llevan a la capital un par de veces al año: llevamos 4 años celebrando el Día de la Independencia de Pakistán, hemos grabado algún concierto importante y hemos subido a la torre de la catedral de Oslo. Sobre todo trabajamos alrededor de Bjørkelangen, en un paisaje de lagos y pinos silvestres que, Nathaly y yo, hemos contemplado desde un helicóptero; también hemos navegado por el Glomma y hemos aprendido bastante sobre agricultura ecológica.

Antes de viajar a Córdoba por Semana Santa, pasamos un día en el Rømskog Spa. Estuvimos trabajando, pero con tiempo suficiente para disfrutar de un baño mientras nevaba, de una deliciosa comida, y de la suite en la que nos alojaron. Realmente nos sentimos muy bien tratados por todos los trabajadores del hotel.


Ubicado a la orilla de un lago, el paisaje que se puede ver desde cualquier punto del hotel es espectacular; es un lujo poder relajarse en la piscina de agua caliente, mientras cae la nieve sobre tu cabeza y ves arder unos troncos junto a la piscina; el olor, inconfundible, trae recuerdos de la infancia e inviernos tojeños.

El vídeo está terminado y el cliente tan satisfecho que mencionó nuestro trabajo en el periódico local. En verano haremos un nuevo vídeo para ellos y, gracias a este trabajo, el ayuntamiento de Rømskog se ha puesto en contacto con nosotros para un nuevo proyecto.
El resultado del rodaje de un viernes de marzo ya puede verse en la web del hotel.

http://www.romskogspa.no/



Estoy convencido de que algún día llegarán proyectos más grandes y saldremos de viaje y aprovecharemos que yo me muevo con mi cámara entre las gentes, para hacer preguntas, para conocer personas, para aprender nuevas costumbres y para descubrir nuevos lugares. Siempre que pueda intentaré que viajemos juntos, porque estoy tan convencido de que la mejor manera de viajar es trabajando como de que el viaje sólo tiene sentido si es compartido con las personas a quien amas.
Trabajando veremos los fiordos, llegaremos al Cabo Norte y de vez en cuando regresaremos a España.






viernes, 26 de abril de 2013

Nostalghia


                                                                               


Andrei Tarkovski
El arte es tanto más importante cuanto más es capaz de conmover el alma.

Como el artista es quien recoge en mayor plenitud su época y su mundo, se convierte en la voz de quienes no están en condiciones de reflejar y de expresar su relación con la realidad. En este sentido, el artista realmente es la voz del pueblo. Y por eso también está llamado a servir a su talento y a su pueblo. Él mismo puede decidir si quiere desarrollar hasta los límites de lo posible ese talento o si vende su alma por treinta monedas de plata.


El arte incide sobre todo en las emociones de una persona y no tanto en su razón. Su meta es "reblandecer" su alma, hacerla receptiva para lo bueno, pues al ver una película valiosa o un cuadro bello o al escuchar buena música, desde el principio no es la idea como tal la que te cautiva y te conmueve (partiendo de la base de que se trate de "tu" arte. Y esto es todavía más claro si se tiene en cuenta que -como decía Thomas Mann- las ideas de las grandes obras de arte siempre tienen dos caras y dos significados, son equívocas y pluridimensionales, como la propia vida.

El artista real siempre está al servicio de la inmortalidad: intenta inmortalizar este mundo y las personas que viven en él.

Me atrevo a afirmar que cada artista, en el fondo de su corazón, piensa en el encuentro con el espectador; que tiene la esperanza de que precisamente sea su obra la que toque el nervio de su tiempo y que por eso sea muy importante para el público, porque afecte dimensiones ocultas de su interior.

Un director no tiene derecho a querer gustar a todos, a controlarse por dirigir su mirada hacia el éxito de su trabajo.

Pushkin lo expresó una vez de un modo maravilloso: "Tú eres el zar. Ve por tu camino libre, a donde te lleve tu espíritu libre. Realiza los frutos de tus queridos pensamientos. Y no exijas recompensa alguna por tu noble actuar. Está dentro de ti la recompensa, sólo ahí. Tu mismo eres tu tribunal supremo: con más exigencias que todos los demás, eres tú capaz de juzgar tu propia obra: Estás satisfecho de ella, artista exigente?"

La fórmula de "esto no lo entiende el pueblo" siempre me ha indignado profundamente. Quién se toma el derecho de hablar en nombre del pueblo, de verse a sí mismo como la encarnación de la mayoría del pueblo? Y quién sabe qué es lo que comprende el pueblo y qué deja de comprender, qué necesita y qué rechaza?
Esculpir en el tiempo, Andrei Tarkovski


La infancia de Ivan

     Hace ya más de 15 años, la forma en que mi ciudad celebraba su Semana Santa me producía desagrado y tristeza; en aquellos años fui incapaz de asimilar las formas con las que mis paisanos expresaban su fe. Rechazaba el enlutado de encaje, de perlas y carmín que lucían las señoras de mantilla; la gomina, las patillas, las maneras de los capataces y contraguías; los andares y verdugadas de los costaleros; las comparaciones y los piques entre cofradías; miraba las veneradas imágenes de Cristo y -en mi estupidez juvenil- me atrevía a suponer lo que Jesús pensaría de todo aquel "circo" de capirotes y cirios.

    Independientemente del color del partido político que gobierne el Ayuntamiento de Córdoba, es costumbre que la celebración de la Semana Santa paralice la programación del Gran Teatro. Imagino que hay consenso a la hora de pensar que las procesiones son espectáculo suficiente para estos días y que de éste, por tradición, historia y cultura, gozan tanto creyentes como laicos.

     Sin embargo, en la última Semana Santa que pasé en Córdoba, antes de mi marcha a Barcelona; alguien decidió programar un ciclo con la obra completa de un director desconocido para mí, tan desconocido su nombre como los siete largometrajes de su filmografía. El Gran Teatro se convirtió en cine por unos días e incluso editó un cuadernillo con información sobre la vida y obra de Andrei Tarkovski en el que, para mi sorpresa y casi conmoción, se hablaba del director ruso como uno de los más grandes directores de cine de la historia y se consideraba cada una de sus películas como obra maestra. Enterarme de esto pocos meses antes de empezar mis estudios de cine en Barcelona no fue precisamente algo alentador.

    En aquel ciclo sólo recuerdo haber visto Andrei  Rublev, Solaris y Stalker. No recuerdo cuál, pero sé que una de ellas la vi en compañía de mi amigo Fernando. Independientemente de cuál fuese la película que vimos, imagino que al salir al Boulevard bien pudimos decirnos algo así: niño tú te has enterao de algo? / hombre, enterarme sí, pero un poco raro todo, no? / yo que sé, a mí mucho no me ha... / mucho no, pero tampoco es que... / no claro / lo mismo es que hay que verla un par de veces / será eso...

   
Andrei Rublev
Solaris
El programador que decidió, que aquella Semana Santa era un momento óptimo para incluir un ciclo sobre Tarkovski en el Gran Teatro, no sabrá nunca de mi eterno agradecimiento.

Pocos meses más tarde comencé mis estudios de cine en Barcelona y, con mi acento del Sur, teniendo unos cuantos años más que la media, con enormes lagunas respecto de las películas imprescindibles, ésas que si no las has visto no eres nadie y siendo futbolero y para colmo del Madrid; lo único que me hubiese faltado es poner cara de: y ése quién coño es; cuando algún compañero nombrase a Tarkovski.

A los pocos días de estar en el CECC ya había descubierto que en mi escuela se veneraba y rendía culto a su figura. Circulaba, de hecho, una frase, no sé si real o imaginada y puesta en boca del directo del centro, según la cual en la historia del cine, al igual que en el Tour de Francia, había puertos de montaña de categoría especial, de primera categoría, de segunda y 
de tercera. Pues bien, sólo Tarkovski
merecía la consideración de categoría
Stalker
especial, le seguirían las "tres B" -Bresson, Bergman y Buñuel- como puertos de primera categoría y el resto de directores no merecerían ni siquiera la consideración  de puertos de montaña de segunda o tercera en la historia del cine, según esta clasificación.

Conociendo y habiendo convivido algunos días con el personaje a quien se atribuye la frase, tengo que reconocer que, al tiempo que la pongo en duda, tampoco me causaría sorpresa que fuese cierta. Reconozco que, en los días que compartimos en Madrid y Auschwitz, no tuve el valor para interrogarle a cerca de la veracidad de la frase que se le atribuye.


     Después de un cine-forum mi grado de frustración con Tarkovski fue tal, que decidí no volver a ver una de sus películas hasta no sentirme preparado para ello. Recuerdo salir de la escuela cerca de las tres de la madrugada y, en el camino de Casp a Bailén, obsesionarme con la certeza de no haber entendido nada de la película, de no haber entendido nada de lo que el profesor de turno -no recuerdo a quién le tocó aquel cine-forum - intentó explicar, de no haber entendido nada de lo que los compañeros de segundo y tercero se esforzaban en preguntar. Camino a casa llegué a la triste conclusión de que El Espejo era incomprensible, de que el profesor de turno no hizo más que divagar y de que los compañeros de segundo y tercero intentaron lucirse, hacerse los entendidos y provocar nuevas divagaciones en el profesor de turno.


El espejo

     Mi reconciliación con Tarkovski y el reconocimiento a su obra se produjo bastantes meses después y no fue a través del lenguaje cinematográfico sino mediante la lectura de Esculpir en el tiempo, el libro que recoge sus reflexiones a cerca del arte en general y del cine en particular. El Tarkovski indescifrable de sus películas se me reveló, leyendo sus propias palabras, como un artista comprometido consigo mismo, con su alma; comprometido con el arte que ha elegido como medio de expresión, comprometido con la búsqueda de respuestas esenciales para la evolución del ser humano, comprometido con su tiempo y, comprometido sobre todo, con sus espectadores, a los que siempre se esforzó en tratar con la dignidad y respeto que merece cualquier persona, porque a toda persona se la considera por definición: inteligente.
     Terminé de leer Esculpir en el tiempo, pero no quise volver a ver una película de Tarkovski: ni revisionar las que ya conocía ni ver por primera vez La infancia de Ivan, Nostalghia o Sacrificio. Recién llegado a Noruega, hace ya casi 5 años, releí el libro y redescubrí con más intensidad lo que me había fascinado la primera vez y pensé que debería ser lectura obligatoria para cualquier persona con inquietudes artísticas; pero seguí negándome a ver las películas.

     Hoy pienso que no tiene sentido empezar a escribir un guión, pensar una idea con un posible desarrollo cinematográfico, sin tener en cuenta las reflexiones de Tarkovski, un cineasta y una persona íntegra capaz de tomarse en serio su trabajo y el sentido del mismo,  y su responsabilidad para con los demás. 

Sacrificio
Con la primavera recién estrenada me reencuentro con el Tarkovski que ahora tanto estimo, con el director de cine al que empecé a admirar no en sus imágenes y sí en sus palabras, con el ser humano que nadie me explicó en la escuela. Llegó el tiempo de pasar la página, cerrar el libro y colocarlo en el estante que hay sobre la cama; sentarme en el sofá en las mañanas solitarias que de vez en cuando disfruto y volver a las películas. Puedo verlas todas como si fuese la primera vez y descubrir lo que no supe ver hace tantos años en el Gran Teatro de Córdoba, y no hablo sólo de la elegancia, de la precisión de sus encuadres, de la autonomía y personalidad de su mirada; hablo también de la esencia del propio Tarkovski, de sus recuerdos, de sus miedos, de su deseo de comunicarse con su público en un plano de igualdad, mostrándole su alma y pidiendo a cambio que complete la película en su interior, con sus propias reflexiones, sus propios recuerdos, su vida y su tiempo, sus circustancias..., buscando de esa forma una manera de entender el mundo, encontrándonos a nosotros mismos juntos a los demás, reconociendo nuestra identidad entre la multitud que anhela las mismas cosas, que siente como nosotros y a la que preocupan las mismas cosas que nos roban el sueño. 


Nostalghia

     Tantos años después y tan lejos de casa, en un momento tan especial de mi vida; la nostalgia me afecta a dos niveles: recordando el pasado echo de menos aquel tiempo más joven para lo bueno y para lo malo, echo de menos las calles, el calor, los sabores, los rostros y los acentos, en el tiempo echo de menos a mi padre y en el espacio a mis hermanos y a mi madre; anticipando el futuro pienso que la infancia de Matías, su cotidianidad, sus primeras sensaciones, serán tan diferentes de las mías; pienso que en el futuro su nostalgia quizá se parezca muy poco a la mía y este sentimiento hace más profunda mi propia nostalgia, de forma que,  quizá estas palabras no sean otra cosa que el  leve intento de conservar mis recuerdos en una bola de cristal que poder regalar a mi hijo, cuando sus propias mudanzas en el tiempo y en el espacio le lleven a descubrir la nostalgia.

     Tantos años después y tan lejos de casa, la nostalgia opera a un nivel tan denso que ya no queda espacio para el rechazo y, ahora, la Semana Santa, las mantillas, la voz profunda del capataz, el bamboleo de las bambalinas, el espectáculo callejero de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Jesús de Nazaret; es el lugar común donde me encuentro y comulgo con mi ciudad y su gente, que es la mía, con mi pasado, mis recuerdos, mis costumbres y las tradiciones que intentaré guardar, comprender y proteger para que un poquito de la nostalgia de Matías se parezca a la mía y, quién sabe, quizá dentro de veinte años, que en realidad no son nada, podamos hablar de ello después de ver una película de Tarkovski o de regreso a casa después de ver encerrarse "el Gitano" o el Cristo de Ánimas o la Paz y Esperanza.